Carta de viaje

“¿Puede salvarse el mundo?”

Con este título, la revista Letras Libres le dedica la portada de este mes al calentamiento global provocado por el hombre, con una imagen que impacta: la de un oso polar que flota, solitario, en un diminuto pedazo de hielo, rodeado por el inmenso mar. ¿Logrará sobrevivir el oso? ¿Podrá salvarse el mundo? El hecho solo de que nos hagamos esta pregunta revela la magnitud del reto que enfrentamos, que es el más grande en la historia de la humanidad.

No es común que las revistas que forman opinión en nuestro país dediquen espacio a discutir el calentamiento global que pone en peligro la vida y la civilización, tal como las conocemos. Es una verdad inconveniente en el mejor de los casos, trágica en el peor —algo que los lectores de nuestro país prefieren ignorar, igual que los electores—. No es un tema. No lo fue durante las elecciones, no lo es hoy en el gobierno, cuya reforma más importante es la que permite sacar petróleo con más facilidad, cuando lo que debemos hacer es buscar fuentes de energía alternativas para dejar todo ese petróleo en el subsuelo. Los políticos no hallan la voluntad de actuar para corregir el mal porque los votantes no los obligamos. Por eso es importante discutir el tema, aunque sea impopular. Y por eso celebro que lo aborde la revista Letras Libres. No es la primera vez que lo hace: ahora mismo recuerdo la portada del barquillo con una bola derritiéndose, la Tierra, con reflexiones de Mario Molina, José Sarukhán y Lorenzo Rosenzweig. Desde entonces hasta hoy han transcurrido ya casi nueve años, y las cosas no han cambiado. ¿Por qué?

Dice muy bien la nota introductoria de la revista: "Entre las dificultades de la lucha contra el cambio climático están nuestras limitaciones para comprender el peligro real, la resistencia a asumir los costos y el temor a que sea demasiado tarde". Quiero hablar de dos de estas dificultades: la limitación para entender el peligro y el temor a que sea demasiado tarde. Es decir, la incertidumbre y la fatalidad —"la idea de que podría ser al mismo tiempo demasiado pronto y demasiado tarde", en palabras de David Runciman, uno de los autores convocados por Letras Libres.

La incertidumbre es gigantesca. Sabemos que la explosión demográfica, la demanda de energía y las características de las tecnologías usadas para generar esa energía, basada en combustibles fósiles, están provocando el aumento de la temperatura en el planeta, pero no sabemos exactamente qué consecuencias tendrá en el calendario del siglo 21 (aunque suponemos que si la temperatura sube más de 4 grados —ha subido apenas 1 en los últimos cien años— "la catástrofe sería inimaginable, pues muchas regiones del planeta se volverían inhabitables, las migraciones serían masivas y la producción agrícola podría verse tremendamente afectada", en palabras de Mario Molina).

La fatalidad no es menos grande. "La evidencia de las últimas décadas muestra que un énfasis en los riesgos crecientes de la inacción no incentiva la acción colectiva, más bien la desalienta", dice David Runciman, profesor de la Universidad de Cambridge. ¿Por qué? "Porque hace que los actores individuales se sientan en cierto modo impotentes". El calentamiento provocado por el hombre continuará durante siglos debido a la magnitud de las escalas de tiempo asociadas al clima, incluso si dejamos de emitir contaminantes. ¿Por qué actuar de otra manera si de todos modos las cosas no van a mejorar? En parte por sentido práctico: está en nuestras manos atenuar los riesgos asociados al cambio climático y la pérdida de biodiversidad, para que no sea tan grande el daño. Pero en parte, también, por convicción moral: porque es injusto hacer ese daño, sobre todo cuando sabemos que las personas que menos contribuyen al calentamiento global (los pobres, que son la mayoría) serán las más afectadas por el cambio climático. 


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