Carta de viaje

Porfirio Díaz en 1865

¿Eran traidores los conservadores, como les decían los liberales?

La historia sucedió hace 150 años, en 1865. Pero su lección es vigente porque muestra que las cosas de la historia son siempre complicadas, nunca sencillas. No había caminos de rueda para transportar los trenes de artillería a Oaxaca, defendida por Porfirio Díaz. Los franceses los tuvieron que construir con el apoyo de los indios de la Sierra Norte, resentidos con los soldados de la República, que saqueaban sus iglesias para fundir el oro y la plata y robaban sus campanas para fabricar balas de cañón. La construcción de los caminos tardó meses, pero llegó a buen fin. Años atrás, al ejercer el gobierno de su estado, Benito Juárez había priorizado la construcción de caminos carreteros en la Sierra Norte, con el apoyo de las comunidades de la región. Y ahora eran los franceses quienes abrían esos caminos de rueda, ayudados por las comunidades, para trasladar los cañones que requerían para combatir a Juárez. La guerra que emprendieron contra su gobierno contribuyó así al desarrollo de la infraestructura en México.

Oaxaca, defendida por el general Díaz, era el último bastión de la República. Pero los liberales de la ciudad estaban identificados con las ideas, también liberales, que veían reflejadas en el emperador Maximiliano y en la persona que lo sostenía, Napoleón III. Así, en 1865, durante la ofensiva francesa a Oaxaca, las personas más cercanas a Juárez abandonaron la causa de la República para colaborar con el Imperio, entre ellas su concuño Manuel Dublán, nombrado director del Instituto, y su amigo de confianza Miguel Castro, electo miembro del Consejo de Gobierno. Algunos no podían dar crédito. “Tantas bajezas, tantas humillaciones y tantas adulaciones por personas de quienes menos podía esperarse semejante conducta”, escribió Matías Romero. “Han perdido completamente toda idea de dignidad y de vergüenza”, añadió Juárez, quien parecía aún más incrédulo con su conducta. Entre los hombres adheridos al Imperio había también varios muy cercanos al general Díaz, como Manuel Ortega, su cuñado (y después su suegro), nombrado regidor de la ciudad de Oaxaca. Al final, Díaz tuvo que rendir la plaza no porque sus defensas fueran defectuosas, sino porque se quedó sin soldados para protegerlas: cientos de soldados desertaban todos los días. En un acto de desesperación y de barbarie, poco antes de rendirse a los franceses, el general mandó quemar todas las casas que estaban fuera del perímetro de sus defensas. La ciudad de Oaxaca sería después reconstruida por el Imperio, que pagó 20 mil pesos en indemnizaciones a los propietarios de las casas destruidas por el Ejército Republicano (la mitad sería cubierta por el tesoro de la nación y la otra mitad por Maximiliano y Carlota).

Maximiliano era un liberal rodeado de liberales (que ratificó las Leyes de Reforma), pero había sido llamado a México por los conservadores. ¿Eran traidores, como les decían los liberales? Había de todo, pero muchos estaban convencidos que, ante el expansionismo de Estados Unidos, que les acababa de arrebatar hacía apenas 20 años más de la mitad de su territorio, y frente al deseo de los liberales de mantener el apoyo de los yankees para su causa a cambio de lo que fuera (Juárez había considerado venderles la Baja California y Ocampo había firmado un tratado que les daba derecho de paso a perpetuidad por el Istmo de Tehuantepec, entonces bajo el mando de Díaz), muchos, digo, estaban convencidos de que solo con el apoyo de una potencia europea iban a poder contener la expansión hacia el sur de Estados Unidos. Entre los que pensaban así estaba el general Miramón, quien 20 años atrás fue uno de los Niños Héroes que lucharon contra los yankees en Chapultepec.

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