Carta de viaje

Porfirio Díaz, hombre del siglo XIX

Debe ser juzgado en relación con los valores de su siglo. Es absurdo, por anacrónico, querer juzgarlo de acuerdo con los valores que rigen nuestro tiempo.

Porfirio Díaz nació en un mundo totalmente distinto al que vio caer en ruinas al ocaso de su vida, hace cien años, el 2 de julio de 1915. Creció en un país que era todavía, en su esencia y su extensión, por sus prácticas y sus costumbres, la Nueva España, aunque desde hacía un puñado de años tenía ya el nombre de México. El país era gigantesco: incluía los territorios de Texas, Nuevo México y la Alta California, y estaba dominado por las instituciones que más peso tuvieron durante la Colonia: la Iglesia y el Ejército. Porfirio pasó su niñez en un mesón arrendado a las monjas del convento de Santa Catarina, en el que a menudo veía él mismo a su padre inclinado sobre una vela de cera, vestido con el hábito de los terciarios de San Francisco. El gobierno del estado —como antes el de la intendencia— estaba encabezado por miembros de las familias más prominentes, las que ostentaban títulos de nobleza desde la Colonia, como los Ortigoza y los Ramírez de Aguilar, sucedidos después por un general formado en el Ejército Realista, don Antonio de León, quien consolidó un cacicazgo largo y estable en Oaxaca, bajo la sombra del régimen del Centro. En ese mundo devoto y rígido, dominado por las oraciones, constreñido por el grito de Religión y Fueros, nació y creció Porfirio Díaz.

Porfirio fue parte de la generación de 1857, la que desafió en su país el legado de la Colonia durante la Reforma, la que derrotó y desmanteló aquel legado para construir en su lugar los cimientos de un México más justo y más libre, a partir de las ideas que defendían los liberales del siglo XIX. Aquella generación estaba dirigida por un grupo de oaxaqueños de talento, liderados por Benito Juárez, que consolidaron su triunfo contra la reacción tras la guerra que los enfrentó con el Imperio de Maximiliano. Al ser restaurada la República, el general Díaz fue uno de los caudillos que disputaron, con las armas en la mano, la herencia de don Benito. Hubo muchos, pero él tenía una ventaja sobre los demás: había aprendido a gobernar —eso todos lo reconocían— en los años de la guerra. Llegó tras un pronunciamiento a la Presidencia de la República, que tuvo que dejar para ser coherente con sus banderas, las cuales postulaban la no reelección, pero a la que volvió después, no obstante esas banderas, para comenzar un gobierno prolongado y firme que contó, por un tiempo muy largo, con el beneplácito de México. Su administración coincidió con una época de orden y progreso que benefició a la mayoría de los países de Occidente. También a México. Pero la estabilidad y el bienestar —que fueron al principio una novedad, una bendición en un país acostumbrado a los horrores de la guerra— tuvieron un precio: la permanencia en el poder de un régimen que no tuvo la capacidad de adaptar sus estructuras a los cambios, que reprimió las libertades de los mexicanos, algo que padecieron todos de formas muy distintas, en particular aquellos, muchos, que no sentían sus intereses representados en el gobierno. Las tensiones estallaron con una insurrección. Don Porfirio, derrocado, partió de su país hacia el exilio, donde fue cimbrado por el terremoto de 1914, que precedió por unos meses su propia muerte. Fue así, en toda su extensión, un hombre del siglo XIX. Vivió con intensidad aquel siglo, el cual transcurrió en parte bajo su sombra, un siglo que comenzó con la Independencia y terminó con la Revolución —más o menos el periodo que abarcó su vida, una de las más longevas en la historia de México—. Debe ser juzgado en relación con los valores de su siglo. Es absurdo, por anacrónico, querer juzgarlo de acuerdo con los valores que rigen nuestro tiempo.

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