Carta de viaje

Paradojas de Zaid

Su gusto por la paradoja hace que sus reflexiones sean con frecuencia luminosas, porque nos permiten ver las cosas desde una perspectiva no prevista.

Desde hace ya muchos años leo con gusto, interés y estupor a Gabriel Zaid. Sobre todo sus ensayos. Entre sus virtudes, que son muchas, dos en particular me atraen como lector: la economía con la que expresa sus ideas, que hace que su prosa tenga a menudo la pureza de un teorema, y su gusto por la paradoja, que hace que sus reflexiones sean con frecuencia luminosas, porque nos permiten ver las cosas desde una perspectiva no prevista. Quisiera hablar aquí de sus paradojas. Otros han escrito ya de ellas, como Jorge Alcocer, quien acaba de recordar el artículo que Zaid publicó para analizar los resultados de la votación de 1979, la primera en la que participó el Partido Comunista en México: “Carta politométrica” (Vuelta, marzo de 1980). En ese artículo, Zaid correlacionó los votos por partido/estado con los datos del ingreso anual medio familiar para 1970, y encontró esto: “Hay más gente a la izquierda en los estratos de mayores ingresos”. A mayor ingreso familiar, mayor votación por el PCM. El voto por los comunistas no provenía de los obreros ni de los campesinos, como suponía la teoría, sino de las clases más acomodadas: los pobres eran conservadores, los ricos eran progresistas. “El texto impactó a militantes y dirigentes del PCM, a quienes dio elementos para plantear la necesidad de que la izquierda atendiera a las clases medias”, escribió Alcocer, él mismo dirigente del partido (“Mi encuentro con Zaid”, Reforma, 21-01-2014). Ocho años más tarde (1988), la izquierda ganó la elección en el Distrito Federal, y diecisiete años después (1997) obtuvo la Jefatura de Gobierno.

Pero yo quisiera citar las paradojas de Zaid de su libro más reciente, Dinero para la cultura, publicado hace unos meses por Debate. Doy aquí tres ejemplos, que son tres joyas de su gusto por la contradicción (con sentido):

1. Es común escuchar quejas en torno a la mala distribución de los libros publicados por las universidades. No nada más esta universidad: las demás también, y no solo aquí: en todas partes. Zaid, en cambio, lo celebra: “La escasa circulación, que parece el problema, es de hecho una solución (muy costosa) para objetivos contradictorios: la necesidad de publicar y la prudencia de esconder” (p.199). Las universidades publican libros por razones institucionales que no tienen que ver con la calidad del libro. Algunos son buenos, pero la mayoría son malos. Una editorial los desecharía de inmediato, pero una universidad no los puede desechar, porque los libros son constancias que sirven para justificar el presupuesto, que sirven para armar expedientes en beneficio del currículo, personal e institucional. Por eso, las universidades “tienen que publicar libros que sería mejor esconder” (p.199). Y por eso es bueno que no circulen, que permanezcan en las bodegas: “las bodegas se encargan de esa función piadosa” (p.199).

2. Es común escuchar quejas de que los autores no paguen impuestos como todo el mundo, sobre todo si son autores que ganan millones porque venden decenas de millones. Zaid, en cambio, lo defiende. Sus argumentos en favor de la exención son conocidos: los creadores contribuyen a la formación de capital cultural, algo importante para los países, por lo que las autoridades deberían ver la exención como un estímulo a su actividad, no como un privilegio, sobre todo porque las obras de los creadores, que a la sociedad casi no le cuestan, finalmente se convierten en bienes públicos. Pero Zaid, además de extender su argumento para incluir a autores que reciben regalías multimillonarias, propone uno nuevo, paradójico, como en el caso de J. K. Rowling, la autora de las novelas de Harry Potter: “Es un caso en un millón, y más notable aún porque puso a leer (voluntariamente) miles de páginas a cientos de millones de niños. Si se toma en cuenta que eso es lo que busca el gasto público mundial en promoción de la lectura, debió ser retribuida por el erario, en vez de pagar impuestos” (pp.302-303).

3. Es común escuchar elogios de los tirajes de libros que promueven los gobiernos cuando son masivos. Zaid, en cambio, lo deplora. “Los grandes tirajes son apetitosos para las imprentas y para los políticos”, afirma. “La impresión de millones de libros impresiona” (p.193). Pero es una demagogia y un desperdicio. Durante el sexenio de Luis Echeverría, por ejemplo, el gobierno gastó millones de pesos en la publicación de la colección de libros SEP-Setentas. Fueron publicados como 300 títulos, uno de los cuales era La habitación campesina en Rumania, de Panel Petrescu. “Si Panel Petrescu”, dice Zaid, “hubiese regalado su libro a todos los mexicanos que se lo pidieran, ¿cuántos hubieran sido? ¿2, 20, 200? ¿Qué estaba haciendo en una colección popular? ¿Para qué imprimir 10 000?” (p.195). Para presumir, con esas cifras, que el gobierno promueve la lectura, sin hacerlo. El título del ensayo es elocuente: Tirar millones.

ctello@milenio.com