Carta de viaje

Oaxaca en 1837

Era una vida muy austera, centrada en torno del hogar. Los paseos eran por lo general mal vistos, sobre todo en la noche.

Las familias amanecían, todos los días, hacia las cuatro de la madrugada. Prendían entonces un candil para ver en la oscuridad, “tomando la luz de la veladora guardada en un tubo de lata con agua para que los ratones no se la comieran ni causaran un incendio”, explica Francisco Vasconcelos, nacido en 1837. La veladora debía arder sin cesar, día y noche, para tener siempre fuego a la mano. Después de rezar el Rosario, todos bebían un chocolate con agua, una taza de atole los más pobres, su desayuno, para salir después a la misa de las cinco a la iglesia más próxima. Hacía frío: iban abrigados. Terminada la misa, las familias volvían a las ocupaciones de la casa, hasta las nueve de la mañana en que servían el almuerzo, que era la comida más importante del día. Había guisados de huevos o cocidos de carnes, según las posibilidades, acompañados de champurrados o atoles de granillo. Los sabores eran muy elementales: había pocos que sorprendían el paladar, acostumbrado a la rutina. Cada quien emprendía sus labores después del almuerzo: las mujeres en el lavadero y la cocina, los hombres en los trabajos más pesados. Algunos comían un pedazo de fruta o un trozo de pan de manteca al mediodía, luego de rezar tres Avemarías, y todos estaban reunidos de nuevo hacia las dos de la tarde para la comida, que bendecía el jefe de la familia, para después reanudar sus quehaceres hasta la hora de la oración. “Así se llamaba el toque de campanas de la entrada de la noche en que se rezaban otras tres Aves Marías”, revela Vasconcelos, “y a poco el jefe de la casa, reunido con su familia y criados, si los había, rezaba el Rosario”. Hacia las siete, luego de terminar con sus devociones, llegaba la hora de la merienda, seguida por un poco de esparcimiento. Era común jugar a las adivinanzas o bien a los dados. “Se permitía alguna distracción dentro de la casa, interrumpida hasta las ocho en que al toque de ánimas, que consistía en un doblecito en todas las iglesias, la familia rezaba la estación, y todo concluía a las ocho y cuarto, continuando la distracción hasta las nueve en que se tocaba la queda, que eran campanadas aisladas por media hora en Catedral, pagadas por el ayuntamiento, y era la señal de recogerse o dormir para todos los miembros de la familia”.

Era una vida muy austera, centrada en torno del hogar. “Las visitas, y cortas, solo estaban reservadas entre personas grandes”, afirma Vasconcelos, “y muy por el contrario, cuando unos jefes de casa se visitaban quedaban totalmente excluidos los demás de la familia, sin permitirles ni siquiera estar presentes en las conversaciones de los mayores”. Los paseos eran por lo general mal vistos, sobre todo en la noche. Pocos salían después de la queda. “Como no había alumbrado público, cada vecino que tenía que salir a la calle a algún negocio lo hacía con su farolito de mano, con su candil cargado con manteca, y a lo más tropezaba con el del sereno apostado en alguna esquina”. Los serenos tenían a su cargo la seguridad de las calles, en particular las del centro, que recorrían a pie desde el oscurecer hasta el amanecer, cuando daban parte de su trabajo al comandante de ronda. Estaban armados con machetes, pues no contaban aún con carabinas. “Para evitar que se durmieran tenían obligación de cantar la hora que daba el reloj de catedral”. Pero no todo era quietud en las noches. “Nunca han faltado ociosos, trasnochadores y perdularias cuyo inmoral comercio hacían aun en el centro de la población”, lamenta Vasconcelos, “y los otros en las casas de juego y de perdición”. Era común ver ese tipo de gente deambular por la Plazuela de Cántaros, al frente de la catedral.

Francisco Vasconcelos decía que no había alumbrado público. Es incorrecto. “Por la noche, las calles y plazas se encuentran bastante bien iluminadas mediante faroles de aceite”, afirma el sabio Eduard Mühlenpfordt, quien vivió por esos años en Oaxaca. Desde mediados de los veinte, el ayuntamiento de la ciudad había presentado al Congreso del estado una iniciativa para introducir, mediante un impuesto, el alumbrado de los atrios, las plazas y los cruceros de la capital, con faroles de aceite de higuerilla. Estaban a cargo del comandante de ronda, secundado en su trabajo por un grupo de serenos y veladores. Aquellos faroles, colocados en arbotantes de hierro, encendidos del cuarto menguante al cuarto creciente de la luna, daban una luz adecuada a la ciudad. Pero es cierto que solo las calles del centro permanecían iluminadas durante la noche. La oscuridad reinaba en el resto de Oaxaca, sobre todo la periferia, donde vivían los más pobres. No solo la oscuridad: también el silencio. La gente estaba acostumbrada a vivir sin ruido, en una quietud que es hoy difícil de imaginar. Las familias dormían con el sonido de los grillos y amanecían con el barullo los pájaros. Así había sido desde hacía siglos. Pero no iba a ser así por mucho tiempo más. El silencio sería violado con la llegada del progreso a Oaxaca.

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