Carta de viaje

Noticias del Imperio I

Maximiliano proclamó al desembarcar: ¡Mexicanos, vosotros me habéis deseado! Un año atrás había sido creada la Junta de Notables que estableció una regencia, la cual proclamó el Imperio en México, para lo cual llamó al archiduque de Austria.

El 28 de mayo de 1864, dos horas después del mediodía, pasamos frente al fuerte de San Juan de Ulúa, que se levanta sobre la roca de una pequeña isla, y allí anclamos, a la vista de la ciudad de Veracruz”, escribió en su diario la condesa Paula Kolonitz, dama de honor de Maximiliano y Carlota, quienes acababan de asumir en abril el carácter de emperadores de México. Los pasajeros durmieron esa noche a bordo de la fragata que los llevó de Miramar a México, la Novara, y al día siguiente, por la madrugada, desembarcaron en Veracruz. “Es uno de los lugares más maléficos y malsanos del mundo”, anotó Kolonitz. Era una opinión compartida por todos los viajeros que llegaban al puerto. “Veracruz aparece como el lugar más desagradable de la tierra”, escribió en 1824 el inglés William Bullock. “Nada hay, para mí, que exceda la tristeza de esta población”, escribió en 1839 la escocesa Frances Inglis, marquesa Calderón de la Barca. Era una ciudad de ocho mil habitantes, rodeada de arena, llena de zopilotes que revoloteaban sobre la carroña del puerto.

Maximiliano ordenó distribuir una proclama en el momento de desembarcar. “¡Mexicanos, vosotros me habéis deseado!”, decía. Un año atrás había sido creada en el país la Junta de Notables, que a su vez estableció una regencia, la cual proclamó el Imperio en México, para lo cual llamó al trono al archiduque Maximiliano de Austria, quien aceptó la corona en el otoño de 1863. Dijo que solo aceptaba si la nación sancionaba su llamado, pero nadie puede decir que hubiera sido engañado. Unos días antes de aceptar la corona, en efecto, recibió la visita de Jesús Terán, plenipotenciario de Juárez en Europa. Terán le habló sobre la legitimidad del gobierno de la República, sobre la impostura de las actas de adhesión al Imperio, sobre la fragilidad de su trono, sostenido por los cañones de Francia. Pero Maximiliano no escuchó. Estaba por firmar esos días el Pacto de Familia con su hermano, el emperador Francisco José. En ese documento, Maximiliano renunciaba a todos sus derechos de sucesión en Austria para asumir la corona en México. Francisco José consideraba, con razón, que su imperio no podía ser presidido por un monarca ausente —o peor aún: destronado. Max firmó luego de dudar un instante, para escándalo de Napoleón III. Al hacerlo, quemó todas sus naves.

Los emperadores no recibieron homenajes en Veracruz. Caminaron con su comitiva por las calles oscuras y desiertas hasta una plaza donde tomaron un tren, cuyas vías los franceses acababan de tender para escapar con sus tropas de las miasmas pestilentes de ese puerto. Los carros tenían persianas y asientos de mimbre, donde los pasajeros viajaron por una hora hasta una estación posterior a la Soledad. “Aquí termina la magnificencia de los ferrocarriles mexicanos”, dijo Kolonitz. Maximiliano y Carlota viajaron en un coupé hasta Córdoba y subieron a caballo las cumbres de Acultzingo. Los más afortunados los siguieron en calesas, pero la mayoría de la comitiva tuvo que abordar las diligencias, “donde cabían doce y hasta quince personas, transportadas por ocho mulas, dos adelante, cuatro en medio y otras dos atrás” (Kolonitz). Eran visibles los signos de la guerra en los alrededores de Puebla. “En medio de grandes masas de ruinas yacen destruidos iglesias y pueblos enteros, espectáculo muy triste de verdad” (Kolonitz). Pero los poblanos, a diferencia de los veracruzanos, echaron las campanas a vuelo para recibir a los emperadores, a quienes agasajaron con un banquete de mole. Maximiliano lo degustó con placer, aunque —confesó más tarde— “para esa comida es necesario acostumbrarse, como con el queso suizo y la mostaza inglesa”.

Al contemplar desde las montañas el Valle de México, la comitiva de Maximiliano reaccionó como reaccionaban todos los europeos desde los tiempos de Bernal Díaz del Castillo. “No hay en el mundo ciudad cuya posición sea más encantadora y más imponente que la de México”, escribió la condesa Kolonitz. “¡Oh maravilloso encantamiento! El Valle de México… Lo rodean altísimos montes cuyo color es de un azul tan admirable que solo la propia atmósfera puede darlo, lo dominan los volcanes cuyas cimas están cubiertas de nieves eternas y la llanura esplende en un piélago de verdor. Aquí y allá se apoyan los más graciosos pueblos y dispersas se ven las haciendas con sus caminos y sus jardines. El panorama es lo más bello y encantador que pueda describirse”. El 12 de junio, domingo de san Nazario, Maximiliano entró con Carlota a la Ciudad de México.

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