Carta de viaje

Noticias del Imperio / VI (última)

He esperado la muerte con calma, había dicho Maximiliano, y quiero igualmente gozar de calma en el féretro. Este último deseo suyo no pudo ser cumplido.

El Imperio mexicano dio comienzo hace 150 años, que conmemoramos hoy, y desapareció con la muerte de Maximiliano.

El emperador fue recluido con algunos de sus seguidores en el convento de los Capuchinos, en Querétaro. Su proceso tuvo lugar en el Teatro Iturbide de Querétaro. El 16 de junio de 1867, a mediodía, los reos conocieron su condena: serían fusilados ese día. Maximiliano, al recibir la noticia, estaba tranquilo. El día anterior había sido notificado de la muerte de Carlota. “Acabo de saber que mi pobre esposa ha sido relevada de sus sufrimientos”, dijo. “Esta noticia, tanto como rompe mi corazón, es por otra parte, en el momento actual, de un consuelo inaudito para mí”. Sin perder la calma dictó su voluntad. Al doctor Basch le detalló las instrucciones para su propio embalsamamiento; al general Escobedo le pidió que los miembros del pelotón le dispararan al pecho, para que su madre no tuviera la pena de verlo desfigurado. Hacia las dos de la tarde, en unión de sus generales, comulgó en manos del padre Soria. Sonaron las tres de la tarde en los Capuchinos. Entonces llegó un oficial con la orden de aplazar la ejecución para el 19 de junio.

En esos tres días de gracia, Maximiliano supo que era falsa la noticia de la muerte de Carlota. Ignoró hasta el final, en cambio, que su hermano Francisco José le había restituido sus derechos en Austria. Todos en ese momento trataban de salvarlo. Algunos de los hombres más famosos de su tiempo pidieron clemencia a Juárez, entre ellos el poeta Víctor Hugo y el patriota Giuseppe Garibaldi. Una de las mujeres más bellas del Imperio, la princesa Salm-Salm, quiso sobornar a los guardias de Maximiliano. Hubo también generosidad entre los prisioneros. El emperador escribió a Juárez para pedir, sin éxito, el indulto de Miramón y Mejía. Al mismo tiempo, Escobedo le ofreció la libertad a Mejía, quien tiempo atrás le había salvado la vida, pero él, enfermo de tifoidea, no quiso abandonar a Maximiliano. El destino de todos ellos era la muerte.

El 19 de junio, Maximiliano despertó a las tres y media de la madrugada. A las cinco, vestido de negro, con el Toisón de Oro en el pecho, escuchó misa en la capilla de los Capuchinos. Al recibir los sacramentos permaneció arrodillado, con el rostro cubierto. Más tarde desayunó con Miramón y Mejía. Hacia las seis, los tres fueron conducidos por sus guardias fuera de las celdas. En el momento de salir, el emperador levantó la vista para ver el cielo. “¡Qué hermoso día!”, exclamó. “Siempre quise morir en un día como éste”. Los reos subieron el Cerro de las Campanas. Mejía casi se arrasaba, seguido por su esposa con un niño de pecho que lloraba. En la multitud estaba también el fotógrafo de Maximiliano, el francés François Aubert. Sus fotos y sus dibujos permitirían a la posteridad reconstruir ese momento, en que los condenados permanecieron al lado de un muro de adobe, frente al pelotón de fusilamiento. “Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria”, gritó Maximiliano. “¡Viva México!”.

Después del fragor de los disparos hubo silencio. “He esperado la muerte con calma”, había dicho Maximiliano, “y quiero igualmente gozar de calma en el féretro”. Este último deseo suyo no pudo ser cumplido. Los cadáveres de los condenados, envueltos en sábanas de lienzo, fueron puestos en unos ataúdes preparados en el lugar de la ejecución. El del emperador era demasiado pequeño —él era muy alto—, por lo que sus pies salían por uno de los extremos. Su cuerpo fue llevado al convento de los Capuchinos, donde fue embalsamado por los médicos de la República. Después fue vestido con botas, guantes y levita, y retocado con los ojos negros de la estatua de Santa Úrsula del hospicio de Querétaro. El cuerpo permaneció más o menos olvidado durante meses en la casa del gobernador, hasta que el cristal del ataúd estalló con los gases de la descomposición. Fue necesario trasladar el cadáver al hospital de San Andrés, en la Ciudad de México. Ahí, los médicos lo sumergieron en un baño de arsénico para luego colgarlo del techo de la capilla con el fin de sacarle los fluidos de la putrefacción. El cuerpo permaneció así por muchos días, hasta que los médicos procedieron de nuevo al embalsamamiento. Por esas fechas lo vio Juárez: era la primera vez que veía a quien llamaba siempre, con desprecio, El Austriaco. A fines de noviembre, su cuerpo fue llevado a Veracruz, donde el 4 de diciembre zarpó con él la Novara. Llegó a Trieste un mes después, y fue luego conducido a Viena. Ahí permaneció unos días, cubierto por la nieve del Hofburgo. El 20 de enero de 1868 el cadáver de Maximiliano fue inhumado en la cripta de los Capuchinos, la morada final de los Habsburgo.

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