Carta de viaje

Noticias del Imperio / IV

No le dijeron que Carlota declaraba haber visto al jefe de su guardia vestido de organillero. Ni que se había arrojado a beber a la Fontana di Trevi. Ni que había metido los dedos a la taza de chocolate que tomaba su santidad.

En enero de 1866, Maximiliano salió hacia Puebla para recibir a su mujer, quien acababa de pasar unos meses en la península de Yucatán. El emperador pensaba que Yucatán era, por su posición geográfica, esencial para realizar un proyecto que le seducía: el de consolidar la hegemonía de México en América Central. “Llegará tal vez el día en el que algunas provincias de la frontera norte tendrán que ser cedidas a Estados Unidos”, escribió con su peculiar inconsistencia. “Las dejaré de buena gana a cambio de ganancias sólidas en América Central, pues nuestra verdadera orientación consiste en dirigir el Imperio hacia la posición central del nuevo continente, cediendo el dominio del norte a Estados Unidos y el del sur a Brasil”. Su proyecto contemplaba más: casar a su hermano Luis Víctor con una de las hijas del emperador Pedro de Brasil, con el fin de fundar una dinastía Habsburgo en América del Sur. Esto último no lo pudo realizar por una serie de razones, entre otras porque Luis Víctor, a quien no le gustaban las mujeres, estaba feliz de vivir en Viena.

Maximiliano dejó Puebla para salir con su mujer a Chalco; a bordo de unas canoas llegaron ambos a Xochimilco y después, en una diligencia, a Cuernavaca. Ahí recibieron en enero la noticia de la muerte de Leopoldo, el padre de Carlota. Más tarde, en febrero, recibieron una carta de Napoleón donde les anunciaba que había que poner fin —“lo más pronto posible”— a la Intervención Francesa. Las desgracias no paraban. En marzo falleció la abuela de Carlota, sin entender jamás por qué un Habsburgo había aceptado depender de un Bonaparte. Todos esos golpes fueron terribles para los emperadores. Carlota tenía jaquecas y depresiones, y la gente rumoraba que le habían querido dar toloache en Yucatán. Maximiliano, a veces sombrío, a veces eufórico, empezó a sufrir los ataques de disentería que lo seguirían hasta la muerte. A pesar de todo, las cartas que mandó por esas fechas no revelaban sus tribulaciones. Al contrario, escribía que estaba “más fuerte y más robusto que antaño”, y que su mujer estaba “fresca y alegre”. El emperador inventaba su propia verdad para poder huir de la terrible realidad. La emperatriz quería cambiar esa realidad, pero no pudo: enloqueció.

En junio de 1866, Maximiliano recibió en Chapultepec un despacho de Napoleón, que le comunicaba su decisión de comenzar a regresar sus tropas a Francia. Entre las razones que le daba, no le mencionaba la fundamental: la hostilidad de Estados Unidos. El triunfo de los unionistas sobre los confederados, al final de la guerra civil americana, había significado también el triunfo de la oposición a la presencia de los franceses en México. Y no solo de los franceses: también de los austriacos. Los soldados de Austria que por esas fechas estaban a punto de zarpar de Triste como voluntarios del Imperio mexicano —dos mil en total— recibieron instrucciones de tornar a sus cuarteles porque el embajador de Estados Unidos amenazó con partir de Viena en el momento en que salieran para México.

Maximiliano, abrumado por la situación, contempló la posibilidad de renunciar al trono. Entonces irrumpió Carlota. La emperatriz le ofreció viajar en su lugar a Europa con el fin de pedir ayuda militar y financiera en Francia y lograr, asimismo, un concordato con el papa en Roma. Le mandó también una memoria en la que le demostraba, con ejemplos tomados de la historia, lo fatal que sería para ellos abdicar. “La soberanía es la propiedad más sagrada que puede haber en el mundo”, le dijo. “No se abandona un trono como se sale de una asamblea”. El emperador aceptó su consejo. Enfermo, con una fiebre muy alta, salió con ella de Chapultepec el 9 de julio hacia Ayotla, donde vivieron juntos unos días de reconciliación y felicidad. “Dios la guíe y nos la devuelva sana y contenta”, escribió Max a su madre, la archiduquesa Sofía. Pero Carlota no volvería de su viaje por Europa.

El 4 de septiembre de 1866 Maximiliano recibió un cable de Carlota, uno de los primeros que cruzaban el Atlántico. Estaba redactado en español. “Todo es inútil”, le decía. En octubre recibió dos cables más. Ambos le informaban que su mujer estaba siendo atendida por un especialista en enfermedades de la mente. Los detalles de su locura le fueron omitidos. No le dijeron que Carlota declaraba haber visto a Paulino Lamadrid, jefe de su guardia, vestido de organillero con un piano de Barbaria. Ni que se había arrojado a beber a la Fontana di Trevi. Ni que había metido los dedos a la taza de chocolate que tomaba su santidad. Ni que en el Albergo di Roma conservaba en sus habitaciones unos pollos vivos atados a la pata de una mesa, que pedía que le mataran frente a sus ojos para comerlos sin temor a ser envenenada por los esbirros de Napoleón. La emperatriz Carlota, que a partir de entonces viviría loca por más de sesenta años, pensaba que Max era, dijo en una carta, “dueño de la Tierra y soberano del Universo”.

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