Carta de viaje

Noticias del Imperio / III

Max era amable, bondadoso, honesto, trabajador, pero también iluso, maleable, vacilante y frívolo —sobre todo frívolo.

Maximiliano no nada más tuvo malentendidos con sus aliados en México: la Iglesia y el Partido Conservador. Los tuvo también con el cuerpo expedicionario de Francia que comandaba el mariscal Achille Bazaine, un hombre de origen humilde que, años atrás, había sido condecorado por su valor durante la guerra contra los austriacos en Lombardía, la provincia que gobernara el entonces archiduque Maximiliano de Habsburgo. Max tenía con él una relación áspera. Le recriminaba su desobediencia y su despilfarro, y no le faltaba razón, desde su punto de vista. El ejército de Francia actuaba bajo las órdenes de Napoleón III, por lo que jamás subordinó sus actos a la voluntad de Maximiliano. Al mismo tiempo, no obstante su eficacia en el campo de combate, monopolizaba la mayoría de los créditos destinados al Imperio, así como también el control de la aduana de Veracruz. Por todo eso, Bazaine nunca tuvo, ni podía tener, una relación cordial con Maximiliano.

La personalidad del emperador contribuyó también a la decepción de sus aliados. Max era amable, bondadoso, honesto, trabajador, pero también iluso, maleable, vacilante y frívolo —sobre todo frívolo. “El empeño en organizar su palacio, reglamentar la etiqueta de su corte y distribuir los altos cargos domésticos”, escribió con prudencia el capitán Niox, “parecía haber absorbido una valiosa parte de su tiempo”. Las obras emprendidas por él, muy numerosas, fueron elogiadas por los mexicanos. Trazó el Paseo del Emperador hasta Chapultepec, embelleció el Zócalo y reforestó la Alameda, promovió la conservación de las pirámides de Teotihuacán, creó el Museo de Arqueología, fundó la Academia Imperial de Ciencias y Literatura, entre cuyos miembros destacaban José Fernando Ramírez y Joaquín García Icazbalceta; quiso construir un teatro para representar ahí las obras de José Zorrilla, a quien le propuso dirigir el Teatro Nacional. Pero todo eso era un exceso. “En vez de construir teatros y palacios, es fundamental poner orden en las finanzas y los caminos”, lo reprendió Napoleón.

El problema de las finanzas fue quizás el más grave de todos los que tuvo que tratar el gobierno de Maximiliano. Al aceptar la corona, el emperador había tenido que firmar un documento donde se comprometía a pagar 270 millones de francos a Francia. Esa cifra era impagable para un país cuya economía estaba en bancarrota después de tantos años de guerra. Para poder honrarla, así, Max empezó los trámites para conseguir un préstamo en los bancos de Londres y París. Nada más una parte de ese préstamo llegó a México —10 millones de francos— una vez reembolsados los gastos de Francia. Fue necesario buscar nuevos recursos. Maximiliano los consiguió por medio de Henri Corta, su primer asesor económico en México. Los informes de Corta en la Asamblea de Francia, favorables a él, contribuyeron a que los banqueros aceptaran ofrecer un segundo préstamo al Imperio Mexicano. Este préstamo, hecho efectivo en 1865, era de 100 millones de francos. Maximiliano lo recibió junto con una carta de Napoleón, quien le aconsejaba la máxima economía con el dinero, “pues en mucho tiempo no será posible reunir en Europa más fondos para México”. Antes de terminar el año, sin embargo, los 100 millones estaban agotados. Y Corta había regresado a Francia. Y también su sucesor, un economista llamado Bonnefonds. El Imperio estaba en bancarrota. Entonces llegó lo que parecía la solución, uno de los economistas más brillantes de Europa: Jacques Langlais. Langlais redujo los gastos del Imperio mediante la supresión de tres mil empleos y la disminución de un tercio de los emolumentos de los funcionarios del Estado. Al mismo tiempo incrementó los ingresos al reformar las aduanas, reprimir el fraude y aumentar el importe de las alcabalas.

Las medidas de Langlais provocaron la cólera del gabinete de Maximiliano. Quizá precipitaron también su propia muerte. Jacques Langlais, luego de una enfermedad, murió de repente, sin poder realizar las reformas que tenía planeadas. Fue más tarde sustituido por el intendente Friant, un general del ejército francés, enemigo de Bazaine, al que criticaba por su derroche de recursos durante las campañas del Imperio. A los pocos meses, Friant, presionado por Bazaine, tuvo que renunciar a servir en el gabinete de Maximiliano. Fue el último asesor financiero del emperador. La celeridad con la que todos ellos —Corta, Bonnefonds, Langlais, Friant— se sucedieron en ese puesto, uno tras otro, muestra con elocuencia la crisis de la hacienda del Imperio. Una crisis que nunca pudo resolver Maximiliano.

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