Carta de viaje

Naty Revuelta

Era una de las mujeres más bellas de Cuba. Fue quizás el gran amor en la vida de Fidel Castro.

Era una de las mujeres más bellas de Cuba, una de las estrellas de la sociedad, amante de la aventura y la revolución. Y fue quizás el gran amor en la vida de Fidel Castro. Acaba de morir estos días, a los 89 años, en La Habana.

Son muchas las biografías de Fidel Castro, pocas las que hablan a profundidad de su vida personal. Destaca la de Norberto Fuentes, una novela sin ficción: La autobiografía de Fidel Castro. Aprendemos en ella muchas cosas sobre su vida sexual. Que la primera mujer que lo inició, a los siete años, era una muchacha que trabajaba en la finca de sus padres en Birán, una india llamada Nereida; que frecuentaba de joven un prostíbulo en La Habana, la Casa de Juanita, donde tenía debilidad por una trigueña llamada Berta; que su luna de miel con Mirta Díaz-Balart duró más de tres meses, entre Miami y Nueva York; y que Naty Revuelta (“con su aire de princesa insatisfecha pero dispuesta a matar”) fue la mujer que amó al salir de su prisión en la Isla de Pinos.

Natalia Revuelta nació en diciembre de 1925, en La Habana. Como muchos de los que serían líderes de la Revolución (Manuel Piñeiro, comandante Barbarroja, en Columbia, y Vilma Espín, mujer de Raúl Castro, en MIT), Naty también hizo sus estudios en Estados Unidos, primero en Pennsylvania y después en Washington. Volvió a Cuba. Frecuentaba el Cabaret Tropicana y veía a menudo a personajes como Errol Flynn y Edward G. Robinson. “Un día, un amigo me invitó al bar, donde él y Hemingway se tomaban una copa y jugaban a los dados”, contó Naty en 2011 en una entrevista con Vanity Fair. “Mi amigo me dijo: Naty, el señor Hemingway te quiere conocer, y Hemingway me dijo: La quería conocer porque me recuerda a mis gatos. Yo le dije: Ah sí, ¿y por qué? Y él dijo: Sus ojos, sus ojos… Un gran elogio”. Conoció a Fidel Castro al comienzo de los 50. Ella estaba ya casada con un médico próspero y prominente, el doctor Orlando Fernández Ferrer; él estaba ya casado con Mirta Díaz-Balart, la madre de Fidelito. Naty trabajaba en la embajada de Estados Unidos en Cuba y en la representación de la Standard Oil en La Habana. “Yo no tenía una vida horrible, pero sentía que mi país sí”, le dijo a Vanity Fair. “Todo el mundo robaba, desde el presidente hasta el último. Los ministros se volvían ricos, hasta sus dependientes se volvían ricos. Los policías eran unos matones, solo que llevaban uniforme. Todos los días escuchabas de personas a las que habían torturado… Así que por eso yo empecé a ayudar a los rebeldes”. Se afilió al Partido Ortodoxo, en el que también militaba Fidel. Lo vio mucho entre 1952 y 1953. “Mi esposo le dio dinero de su bolsillo y yo vendí mis brazaletes de oro y un par de aretes de zafiro y de diamante que mi madre me había dado. Fidel y su grupo empezaron a usar mi casa como casa de seguridad. No bebían, hablaban despacio. Ellos confiaban en mí absolutamente, y yo en ellos”. En 1955, a su salida de la Isla de Pinos, Fidel y Mirta concibieron una niña, quien sería llamada con el nombre del doctor Fernández. En 1993, Alina Fernández Revuelta, con un pasaporte español y una peluca, salió sin ser descubierta de Cuba para Estados Unidos.

Naty trabajó en el gobierno después del triunfo de la Revolución, pero no frecuentó ya más a Castro. Su obituario en el Washington Post, escrito por Emily Langer, termina con esta cita, tomada de una carta que le escribió Fidel: “Hay cosas que perduran toda la vida, a pesar de sus miserias. Hay cosas eternas, como los recuerdos que tengo de ti, tan inolvidables que me los llevaré conmigo a la tumba”.

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