Carta de viaje

México y Cuba / II

La reacción de los cubanos a la expulsión de la OEA fue la Segunda Declaración de La Habana, en la que Fidel Castro se pronunció sin reservas a favor de los movimientos armados revolucionarios en Latinoamérica.

La reunión de Punta del Este de 1962 marcó un parteaguas en la relación de Cuba con el resto de los países de América Latina. La reacción de los cubanos a la expulsión de la OEA, en efecto, fue la Segunda Declaración de La Habana, hecha el 4 de febrero de 1962. En ella, Fidel Castro se pronunció sin reservas a favor de los movimientos armados revolucionarios en Latinoamérica, a los que debía inspirar el ejemplo de la Sierra Maestra. En un discurso enardecido en la Plaza de la Revolución, nombre de la antigua Plaza Cívica, el comandante pronunció una frase que sería célebre: “El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución”.

La situación era delicada para Fidel en aquella primavera de 1962. Alrededor de 250 mil cubanos habían salido del país en los últimos años —una cifra muy alta, pues la isla tenía apenas una población de seis millones—. Miles de millones de pesos habían sido perdidos en la crisis de la agricultura. Más de tres mil guerrilleros (el gobierno los llamaba bandidos) permanecían atrincherados en la Sierra del Escambray: rancheros, capataces y comerciantes, aunque también antiguos combatientes del Ejército Rebelde y cuadros urbanos del Directorio Revolucionario. Mientras los combatía en las montañas del Escambray, Fidel tenía que librar en la capital una lucha por el poder con los viejos comunistas, dirigidos por Aníbal Escalante. El comandante en jefe acababa de fundir el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario y el Partido Socialista Popular en una sola organización: el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (Pursc). Ocupaba él mismo la secretaría general, pero Escalante había querido llenar el resto de las plazas con comunistas del PSP. Fidel lo mandó arrestar. Era necesario tener la retaguardia en orden para enfrentar la ofensiva diplomática de Estados Unidos, que pretendía aislarlo del resto de Latinoamérica. Temía lo peor. Llegaban hasta sus oídos las noticias de la operación Mongoose, entonces recién aprobada por el presidente Kennedy, que involucraba a todo su gobierno en un esfuerzo para derrocar a la Revolución cubana en una operación que incluía el uso de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Fue por esas fechas, de hecho, que Fidel solicitó la protección militar de Moscú, incluyendo los misiles estratégicos que habrían de provocar unos meses después la llamada Crisis de Octubre.

Las relaciones de Cuba con Estados Unidos estaban en su punto más crítico desde el triunfo de la Revolución. Todo el mundo temía un enfrentamiento en aquel frente, el más peligroso de la guerra fría. Fue por eso sorprendente el caso de México. En un contexto así de polarizado, el país consiguió lo que parecía imposible: mantener una política independiente con respecto a Cuba, sin por ello generar represalias por parte de Estados Unidos. “El presidente Kennedy reconoce que los fines fundamentales de la Revolución mexicana”, afirmó el comunicado de su visita a México en junio de 1962, poco después de Punta del Este, “son los mismos de la Alianza para el Progreso: justicia social y progreso económico dentro de un marco de libertad tanto individual como política”. A partir de entonces disminuyeron las tensiones entre los dos países a propósito de Cuba.

La política de México hacia Cuba fue tolerada por Washington durante todos esos años porque no buscó —su postura fue siempre independiente— contrarrestar el objetivo de Estados Unidos: aislar la revolución de Castro. Y desde luego porque no significó un estrechamiento de las relaciones políticas, económicas y culturales de México con Cuba (el valor de sus exportaciones a la isla representaba en 1962 apenas 0.3 por ciento del valor total de sus exportaciones). También porque ambos gobiernos, el mexicano y el estadunidense, entendieron que la política de López Mateos hacia Cuba favorecía el interés común de fomentar la estabilidad política en México, un país en el que pesaba tanto la figura del general Lázaro Cárdenas, en el que los mismos secretarios del gabinete compartían —en palabras de uno de ellos— “un sentimiento de comprensión y simpatía por las justas aspiraciones de mejoramiento económico y social que veíamos reflejadas en el gobierno de Fidel Castro”. En todo caso, México no titubeó en los momentos más críticos: apoyó a Estados Unidos en su lucha por desmantelar los misiles nucleares de Cuba durante la Crisis de Octubre, a fines de 1962, y más adelante, en 1963, presentó a la Asamblea General de Naciones Unidas un proyecto para desnuclearizar a América Latina que culminaría pocos años después (sin la firma de Cuba) con la negociación del Tratado de Tlatelolco, actualmente firmado y ratificado por todos los países de Latinoamérica.

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