Carta de viaje

Mala noticia

No hemos tenido una discusión moral sobre nuestras obligaciones frente al cambio climático de origen antropogénico que pone en peligro la vida en la Tierra.

Julia Carabias acaba de anunciar esta semana que dejará de escribir la columna que publicaba de manera regular, desde hacía seis años, en el periódico Reforma. Es una mala noticia. Ella era una de las pocas voces —son escandalosamente pocas— que hablaban con autoridad, en la prensa, sobre nuestra relación con la naturaleza. El artículo en el que anunció su decisión, “Piel dura y corazón helado”, deja sentir su desesperación ante la indiferencia con que vemos la destrucción de nuestro entorno. “¿A quién le interesa realmente la naturaleza?”, pregunta. “Ojalá, al menos, a los jóvenes”. Carabias cita en su artículo al historiador inglés Tony Judt: “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy (…) Gran parte de lo que hoy nos parece natural data de la década de 1980: la obsesión por la creación de la riqueza, el culto a la privatización y al sector privado, las crecientes diferencias entre ricos y pobres”. Pero todo eso no data solo de los 80; se remonta por el contrario dos siglos atrás, a la Revolución Industrial que hizo posible el llamado Crecimiento Económico Moderno.

El año pasado fue dado a conocer el quinto informe de evaluación climática del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, que reúne a más de 200 científicos de todo el mundo, bajo los auspicios de la ONU. El informe dice que el calentamiento global empezó a ser registrado a mediados del siglo XX. Que, hoy, la temperatura media del planeta es 0.85 grados más alta que hace un siglo, debido a la acumulación de gases de efecto invernadero desde la Revolución Industrial. Que la temperatura del mar, en concreto, aumenta la cantidad de humedad que los huracanes desplazan hacia los continentes (por eso las lluvias son más torrenciales). Que, hacia 2100, la temperatura del planeta subirá todavía entre 0.3 y 4.8 grados, y que el nivel del mar aumentará entre 26 y 82 centímetros. Si un aumento (en apariencia insignificante) de la temperatura media en el mundo de menos de 1 grado ocasiona los cambios en el clima que nos preocupan hoy, ¿será posible la vida, como la conocemos, si la temperatura del planeta aumenta 5 grados? Hablamos del mundo que conocerán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Y es para mí un misterio que la discusión no esté presente en todas partes, porque no lo está. Es para mí un misterio que a nadie, a casi nadie le importe la naturaleza. Un misterio y una fuente de tristeza.

¿Qué ocasiona el cambio climático? Fundamentalmente tres cosas, responde el Centro Mario Molina. Uno, la explosión demográfica (en 1950 había en el planeta 2 mil 500 millones de habitantes: hoy hemos rebasado los 7 mil millones); dos, la demanda de energía (a pesar de que la población mundial se multiplicó por tres en estos 60 años, la demanda de energía se ha multiplicado por 12); y tres, las características de las tecnologías utilizadas (dependientes de combustibles fósiles, como el petróleo). Todo esto crece, no disminuye, año con año: la población en el mundo, la demanda de energía y el uso del petróleo. México no es uno de los países que tienen más responsabilidad en el calentamiento global: aporta apenas 1.4 por ciento del total mundial de gases de efecto invernadero. Pero es ya —y lo será más— una de las principales víctimas. Es previsible que haya, en las décadas que vienen, por causa del calentamiento global, sequía extrema en el norte del país, inundaciones en el sur y sureste, y escasez de agua en el centro.

¿Podemos hacer algo para revertir este fenómeno? Muy poco, por la razón que da de nuevo el Centro Mario Molina. “El calentamiento provocado por el hombre y el aumento del nivel del mar proseguirán durante siglos debido a la magnitud de las escalas de tiempo asociadas a los procesos climáticos, incluso aunque se estabilizaran las concentraciones de gases de efecto invernadero”. Los daños no son ya reversibles, solo limitables. Por eso no podemos prevenirlos en su totalidad: debemos adaptarnos.

Pero hay cosas que podemos hacer. Cosas tan distintas como usar menos el automóvil, caminar más, comer menos carne, utilizar menos luz eléctrica, no comprar más ropa de la necesaria… El debate en torno a las implicaciones del calentamiento global ha estado dominado hasta ahora por los científicos y los economistas —no por los filósofos—. No hemos tenido una discusión moral sobre nuestras obligaciones frente al cambio climático de origen antropogénico que pone en peligro la vida en la Tierra. Nosotros, ahora, nos enfrentamos a la necesidad de hacer sacrificios en beneficio de las generaciones que vendrán en el futuro. Y la única razón que tenemos para hacer esos sacrificios es una razón moral.

ctello@milenio.com