Carta de viaje

Lucha por la legalidad

El proyecto de transformación de México debe incluir, como piedra de toque, la lucha por la legalidad —la legalidad para poder tener seguridad y trabajo, para poder vivir mejor—. ¿Quién va a encabezar esta lucha, si el Presidente no tiene la autoridad moral que ella requiere?

En 2005, durante su campaña para gobernador en el Estado de México, Enrique Peña Nieto pidió saber los atributos que más demandaba la gente de los políticos: la demanda más alta era, por mucho, que los políticos cumplieran lo que prometían. Entonces él dijo que eso era lo que les iba a decir a los mexiquenses: Te lo prometo, te lo firmo y te lo cumplo. Sus asesores, ahí presentes, acordaron que ese sería el lema de su campaña. Años más tarde, en vísperas de la elección de 2012 para presidente de la República, pidió realizar una encuesta nacional sobre los atributos negativos de los candidatos. En ella había una pregunta, hecha por teléfono, en la que se pedía a los mexicanos decir cuál era el defecto más importante en los partidos y los políticos. El 51 por ciento respondió que mentiroso y 26 por ciento dijo que corrupto. Para la mayoría de los mexicanos, de acuerdo con esta encuesta, era mucho más grave ser mentiroso que corrupto. Extraño, porque la corrupción es una manifestación de la mentira: el político corrupto miente sobre cosas muy importantes, como su ingreso y su patrimonio, y su forma de hacer política. Extraño, pero real. Esa especie de tolerancia a la corrupción que, según la encuesta, distingue a los mexicanos, la hizo suya el presidente Peña Nieto cuando dijo, resignado, que la corrupción era un problema cultural. Es cierto: lo es, al menos en parte, pero el problema es que lo dijo en un tono que sugería que había que tener paciencia y comprensión. Envió el mensaje equivocado.

Hay quien invoca esa supuesta tolerancia de la corrupción para explicar la relativa facilidad con la que el presidente Peña Nieto ha logrado evadir su responsabilidad, enorme, respecto a las dos casas de lujo que están a nombre de su esposa, Angélica Rivera. No comparto esa opinión. La caída en la aprobación del Presidente que registraron las últimas encuestas, dramática, muestra que los mexicanos no somos tolerantes con la corrupción —que, por el contrario, hemos hecho de la lucha por la legalidad una bandera: la condición para vivir en paz en sociedad, para crecer sin destruir nuestro entorno, para convivir con quienes piensan distinto, para salir adelante como país y como nación.

La fórmula con la que Peña Nieto llegó al poder —primero a la candidatura del PRI, después a la Presidencia de la República— es una que, en un sentido muy importante, gira alrededor de su persona: el rockstar, para citar el término que usó desde 2005 su publicista, Ana María Olabuenaga. Esa fórmula incluía resultados en el ejercicio del gobierno, gracias al uso eficaz y visible de los recursos que desde hacía varios años estaban a disposición de los mandatarios de los estados y que le habrían de permitir al gobernador del Estado de México, en particular, cumplir sus promesas de campaña con el lema que sería también su marca: Compromiso: gobierno que cumple. Esa fórmula incluía una organización partidista en la tierra capaz de ganar elecciones, una organización a la vez poderosa y refinada, surgida en el contexto de la democracia y la pluralidad, que también sería aprovechada para competir y ganar en otros estados de la República. Esa fórmula incluía, en fin, una relación provechosa con los medios de comunicación, sobre todo la televisión, en particular Televisa, para dar a conocer, en una secuencia planeada con dramatismo, año con año, el cumplimiento de los compromisos de campaña, pero con el objetivo también de proyectar algo más, un personaje: Enrique Peña Nieto. Porque la fórmula de la victoria incluía, sin duda, la concentración de los reflectores en este personaje, el rockstar: el gobernador que sacudía a la multitud, alguien que representaba un cambio de generación en el país no solo por su edad, sino porque había crecido, como funcionario y como político, en el contexto de la democracia en México.

El rockstar, hoy, ha perdido credibilidad. Ello le resta eficacia a su gobierno, que ha estado siempre muy centrado en él. Pues el escándalo lo ha debilitado y ha debilitado a su programa de gobierno. Quienes pensamos que las reformas que ha impulsado, junto con el resto de los partidos que importan, van en general en la dirección correcta, lamentamos que la corrupción que lo ha exhibido haya también debilitado su proyecto. Ese proyecto de transformación debe incluir, como piedra de toque, la lucha por la legalidad –la legalidad para poder tener seguridad y trabajo, para poder vivir mejor—. ¿Quién va a encabezar esta lucha, si el Presidente no tiene la autoridad moral que ella requiere? ¿La sociedad? Muchos han idealizado, en estos días, a la sociedad civil frente a la clase política. Yo no la veo muy diferente en su desprecio por la ley. Tenemos a los políticos que nos merecemos como sociedad.

ctello@milenio.com