Carta de viaje

Laicismo e hipocresía

La Cristiada produjo alrededor de 80 mil muertos entre 1926 y 1929, de acuerdo con quien la ha reconstruido con más rigor, el historiador Jean Meyer. Un promedio de más de 2 mil muertos al mes. Es uno de los episodios de nuestra historia que no queremos ver de frente, pues nos avergüenza —esa guerra que costó la vida de tantos mexicanos, en su mayoría campesinos levantados en armas contra el régimen de la Revolución—. Algunos de los muertos eran sacerdotes. Varios de ellos han sido santificados: 26 en total, el último de los cuales es José Sánchez del Río, hecho santo hace apenas un mes por el papa Francisco, quien lo celebró estos días en Michoacán.

La guerra que estalló en 1926 era, en parte, resultado del enfrentamiento de la Revolución con la autoridad más antigua del país, la Iglesia, consolidada durante la Colonia, quebrantada durante la Reforma, parcialmente restaurada durante el porfiriato. Era resultado también del choque de una sociedad moderna con una sociedad tradicional. "La situación del país está cada día peor", escribió en 1927 Federico Gamboa. "Estamos en plena guerra religiosa, que son las más implacables y bárbaras". La disputa del gobierno con el clero, exacerbada por el fanatismo, trastornó desde luego todas las actividades del país. Quiero evocar aquí un recuerdo de familia, que me parece ilustra las contradicciones que vivieron en esos años los mexicanos, en su mayoría católicos, incluso si eran también altos funcionarios del Estado.

El 10 de diciembre de 1930, Genaro Estrada, secretario de Relaciones Exteriores, contrajo matrimonio con Consuelo Nieto en la casa de la familia Casasús, en la calle de los Héroes, cerca del panteón de San Fernando. "Nuestra boda no se realizó en una iglesia", recuerda Consuelo en sus memorias, "pues por el problema religioso todas estaban cerradas; pero pudimos casarnos en una capilla que había en la casa de Margarita Casasús. El padrino fue el presidente Pascual Ortiz Rubio". El problema religioso, en efecto, aún estaba lejos de ser resuelto, a pesar de que la guerra había formalmente terminado. La reanudación del culto en las iglesias era más formal que real. En la capital del país, por ejemplo, nada más 10 por ciento de los más de 250 templos permanecía con sus puertas abiertas al público. Corrían incluso rumores de que el gobierno pretendía clausurar a los restantes para convertirlos en talleres. Pero los mismos miembros del gobierno eran por lo general católicos, como todos lo sabían. El canciller Genaro Estrada era amigo de Manuel J. Sierra, hijo de don Justo, oficial mayor en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Manuel estaba casado con Margarita Casasús, discípula de Teilhard de Chardin, quien durante años había dado refugio en su casa a las monjas del Colegio Francés, quienes daban en su casa las materias que tenían prohibido dar en la escuela: español, historia y matemáticas (otras monjas habían tenido que salir del país, como las del Sagrado Corazón). Eran tantas, recordaba su marido, don Manuel, que cuando pasaba de noche por la sala no sabía dónde poner los pies. Las iglesias estaban cerradas y los mexicanos no tenían la posibilidad de comulgar, a causa del decreto que prohibía la celebración de las misas fuera de los templos. Unos mexicanos sufrieron las consecuencias, como Victoriano Salado Álvarez, apresado por asistir a misa con sus familiares en una casa de la Ciudad de México. Otros las sufrieron menos, como el gran canciller y bibliófilo que fue Genaro Estrada, quien pudo contar en su boda religiosa con un padrino de lujo: el Presidente de la República. Es frecuente observar hasta el día de hoy esa mezcla de laicismo e hipocresía.


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