Carta de viaje

JFK

Viernes 22 de noviembre de 1963. El presidente John F. Kennedy lee, al despertar, el Dallas Morning News en su hotel de Fort Worth, Texas, donde un desplegado lo acusa de ser un procomunista, un traidor a los ideales de Estados Unidos. La lectura lo impresiona. Al regresar a su hotel de un desayuno con empresarios, intrigado por el odio que hay en ese estado, Kennedy habla con su esposa Jacqueline y su asistente Kenneth O’Donnell sobre la dificultad que tiene el servicio secreto para proteger al presidente de Estados Unidos. Esa mañana vuela a Dallas, donde toma el auto que lo lleva hacia el centro de la ciudad al lado de su esposa, atrás de John Connally, gobernador de Texas. La gente aplaude en el camino. Kennedy sonríe, saluda al pueblo que lo ve pasar. Pasado el mediodía, el auto, descubierto, da vuelta en Main Street. Entonces suenan disparos: Kennedy es golpeado en la garganta, el cuello y la cabeza, y cae de lado. Su esposa grita: “Oh, no, no… Oh, Dios mío, han matado a mi esposo”. En el Cementerio Nacional de Arlington, donde es sepultado, alrededor de 16 millones de personas visitan su tumba durante los siguientes tres años. La tragedia hace nacer una leyenda, nutrida por más tragedia: la muerte en la guerra de su hermano Joe y el asesinato de su hermano Bobby, y luego la muerte de su propio hijo en el accidente de avión de Martha’s Vineyard. A pesar de haber ganado la elección presidencial a Nixon por apenas un puñado de votos (49.7%-49.5%), a pesar de tener que enfrentar durante su gobierno a un país totalmente dividido, JFK, joven y atractivo, brillante, valiente, sofisticado, seductor ante los medios, en particular la televisión, que con él hace su entrada en la política, es a partir de su muerte quizás el presidente más popular en el corazón del pueblo de Estados Unidos.

Pero es distinta la opinión que los historiadores tienen sobre su gobierno y sobre él mismo. Cuando la revista American Heritage preguntó en 1988 a un grupo de académicos cuál era el presidente más sobrevaluado en la historia de Estados Unidos, la mayoría de los votos mencionó a Kennedy. Muchas de las críticas están centradas en la política exterior de un presidente que fue un fracaso en su intento de invadir a Cuba (Playa Girón), estuvo a punto de provocar una confrontación nuclear con la Unión Soviética (Crisis de los Misiles), detonó la intervención de Estados Unidos en Vietnam (apoyando iniciativas que atentaban contra la población de ese país, como el Programa de Aldeas Estratégicas) y tensó hasta su límite las relaciones con Moscú durante la guerra fría (el historiador Stephen Ambrose escribió: “El equipo Kennedy-McNamara empezó la más grande carrera armamentista en la historia de la humanidad, que fue mucho más allá de la construcción de armas nucleares, pues la Casa Blanca y el Pentágono colaboraron para incrementar enormemente las fuerzas convencionales y las fuerzas antiguerrilleras, que eran el proyecto favorito de Kennedy”). Y muchas de las críticas están, también, centradas en la vida personal de un presidente que era amigo de mafiosos (Sam Giancana) y amante de mujeres distintas a su esposa, algunas de las cuales estaban a su vez ligadas a la mafia (Judith Exner). Varias de esas relaciones son reseñadas (aunque no siempre demostradas) por el periodista Seymour Hersh en su libro El lado oscuro de JFK. Pero el revisionismo no afectó nunca la admiración que tiene el pueblo de Estados Unidos por Kennedy.

¿Cuál es el balance? Los historiadores jamás han sido unísonos, por supuesto, en criticar a JFK. Muchos de los más destacados fueron de hecho colaboradores cercanos a su gobierno, un gobierno que estuvo siempre rodeado de intelectuales, como Averell Harriman y John Kenneth Galbraith. Entre esos intelectuales sobresale Arthur M. Schlesinger, autor del clásico Los mil días de Kennedy. En este libro, que es una historia y una defensa de su gobierno, Schlesinger recuerda las conquistas de JFK, que no debemos olvidar, como no las olvida su pueblo: “Los americanos común y corrientes recuerdan a un presidente joven y vibrante que supo defender la paz en el momento más peligroso de la guerra fría, que asumió el liderazgo en la lucha por la justicia racial, que detonó la exploración del espacio, que estableció las bases del apoyo federal al arte y las humanidades, dio un impulso al idealismo del país e infundió a toda una generación con la pasión por el servicio público”.

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