Carta de viaje

Israel

Mucho de lo que sé de Israel lo debo a la lectura de un autor que admiro: Amos Oz. Nació en 1939 en el Jerusalén que existía bajo el Mandato Británico, la ciudad fascinante donde vivían Gershom Scholem y Martin Buber. “En Jerusalén, por aquella época, casi todo el mundo era poeta, escritor, investigador, filósofo, profesor o revolucionario”, dice Amos Oz en su bello y triste libro Una historia de amor y oscuridad. Había disidentes, comunistas, excéntricos, cosmopolitas, decadentes y ultraortodoxos, y sus orígenes eran totalmente distintos: sefarditas, georgianos, rusos, magrebíes, polacos, kurdos, lituanos, salonicenses. Sus padres sobrevivieron a la Shoah porque habían migrado a Palestina antes de la guerra: él de Lituania, ella de Ucrania. Hablaban entre ellos en ruso y polaco, y soñaban en yiddish, pero a su hijo le hablaban solo en hebreo. Su padre no quería nada que le recordara el shtetl. “Su deseo era que todos naciéramos de nuevo”, recordaría Oz, “sanos, fuertes, bronceados, europeos-hebreos y no judíos-europeos del Este”. Oz en hebreo significa fuerza (el nombre con el que nació es Klausner: Amos Klausner). Los judíos que pudieron escapar de Europa, aterrorizados por las humillaciones, las persecuciones y las masacres, no estaban dispuestos a vivir con resignación en Palestina. Era su patria. Pero había personas de otro pueblo que vivían ahí, en ese mismo territorio, donde habían vivido sus padres y, antes que ellos, sus abuelos.

“El conflicto palestino-israelí”, dice Amos Oz en su gran pequeño libro Contra el fanatismo, “no es una lucha entre el bien y el mal, más bien lo considero una tragedia en el sentido más antiguo y preciso del término: un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana”. El conflicto no es el resultado de un malentendido que puede ser superado con la voluntad de las partes. Es algo más profundo que un malentendido. Algo de hecho totalmente distinto. “Me temo que no hay ningún malentendido esencial entre judíos israelíes y árabes palestinos”, agrega. “Los palestinos quieren la tierra que llaman Palestina. Tienen razones muy poderosas para quererla. Los judíos israelíes quieren exactamente la misma tierra por exactamente las mismas razones, cosa que entraña al tiempo un profundo entendimiento entre las partes y una tragedia terrible”.

Los árabes de Palestina y los judíos de Israel son ambos víctimas de un opresor, el mismo: la Europa de fin del siglo XIX y principio del siglo XX. “La Europa que colonizó el mundo árabe —explotándolo, humillándolo, pisoteando su cultura, utilizándolo como patio de recreo imperialista— es la misma Europa que discriminó a los judíos, los persiguió, los acechó en sueños para terminar asesinándolos en masa en un crimen genocida sin precedentes”. Por eso, en parte, es tan doloroso el conflicto palestino-israelí. Los palestinos, dice Oz, no ven a los israelíes como lo que son en realidad: “un puñado de refugiados y supervivientes medio histéricos, obsesionados por terribles pesadillas, traumatizados no solo por Europa sino también por el trato recibido en los países árabes o islámicos (la mitad de la población de Israel es gente expulsada a patadas de países del islam)”. No los ven así, sino como una prolongación del pasado colonialista. Asimismo, los israelíes no ven a los palestinos como lo que son: “víctimas de siglos de opresión, explotación, colonialismo y humillación”. No los ven así, sino como continuadores de los pogromos del pasado. ¿Cómo pueden convivir así? No pueden. Necesitan antes la separación: vivir en dos países con dos gobiernos diferentes.

Amos Oz fue uno de los primeros en defender la idea de dos Estados (¡desde 1967!) para la solución del conflicto palestino-israelí. Fue soldado en una división acorazada en el frente egipcio del Sinaí en 1967. Y ahí, dispuesto a morir y a matar para defender la vida de su pueblo, entendió que eran dos guerras las que libraban los palestinos, muy distintas: una en la que luchaban por aniquilar a los judíos y destruir su país, y otra en la que luchaban por su derecho a tener ellos mismos un país independiente, y decidió (ahí, en el frente egipcio) que esa guerra, la segunda, era justa. Había que llevar a cabo un divorcio entre los israelíes y los palestinos, crear dos Estados con base en la realidad demográfica, con un mapa similar al anterior de 1967, con disposiciones especiales para los santos lugares que permanecen en disputa en Jerusalén. Un Estado de Israel y un Estado de Palestina. Diferentes. Para poder después sentarse a platicar.