Carta de viaje

Insatisfechos, molestos, desencantados

México es el país de América Latina que está más insatisfecho con el funcionamiento de su democracia, según Latinobarómetro 2015. La insatisfacción es general: el continente está, en promedio, insatisfecho con la democracia. Uruguay es el país más satisfecho, con 70 por ciento, y México el más insatisfecho, en el último lugar, con 19 por ciento. Esta ha sido la norma desde hace varios años, pero la tendencia ha empeorado: en Latinobarómetro 2010, por ejemplo, Uruguay ya estaba arriba (con 78 por ciento) y México ya estaba abajo (con 27 por ciento). Este año, ambos bajaron el nivel de su satisfacción, a 70 y 19, respectivamente, según supimos hace un par de semanas en la información dada a conocer por Latinobarómetro.

No es poco lo que logramos hacer en México. Pasamos de un régimen de partido de dominación hegemónica a un régimen de partidos, plural y competitivo, sin haber caído en la violencia. Pero no hay entre nosotros, como debería haber, un orgullo con respecto de la transición. Muchos le regatean sus méritos. Algunos, incluso, dicen que hubo alternancia, sin transición (un despropósito, porque la imposibilidad de la alternancia era la esencia del antiguo régimen). México celebró en efecto la transición (Zedillo) y la alternancia (Fox) en un ambiente de civilidad y concordia, muy raro en América Latina. Así lo sentíamos entonces los mexicanos. En esos años (1997 y 2000, los años de la transición y la alternancia) superamos el promedio latinoamericano de satisfacción con nuestra democracia —las únicas dos de las tres veces que eso ha sucedido, según Latinobarómetro—. Poco después, el sueño desapareció.

La reacción de los mexicanos al despilfarro, al contubernio y a la corrupción de los partidos ha sido el hartazgo, expresado a menudo en el desinterés por las elecciones —es decir, en la abstención—. La abstención, menor a 23 por ciento en 1994, llegó a 36 por ciento en 2000 y a 42 por ciento en 2006, aunque disminuyó en la elección de 2012. Estos porcentajes no incluyen los votos anulados y los votos blancos, que son una forma más sofisticada de abstención. Todos juntos muestran la magnitud de nuestro desencuentro con la clase política en México.

"Existe un malestar profundo con la vida política del país", dice José Woldenberg. "O para ser más exactos, un desencanto con los agentes e instituciones que hacen posible la reproducción de un sistema democrático: partidos, congresos, políticos, gobiernos". Los políticos, agrega Jesús Silva-Herzog Márquez, han herido el cuerpo de la democracia hasta volverla irreconocible, la han desfigurado, la han convertido en una cosa que recuerda los cuerpos mutilados y monstruosos de Francis Bacon. Es gravísimo que nos sintamos tan distantes, tan absolutamente lejanos de quienes son, en principio, nuestros representantes. ¿Qué podemos hacer? Una de nuestras armas más eficaces en la batalla que debemos de librar es nuestro voto. En las elecciones más recientes hubo muchos que argumentaron en favor de que lo anuláramos, para manifestar nuestro rechazo a la clase política. Pero eso era también desperdiciar el voto... Por eso otros más, los que las tuvieron a su alcance, votaron por las candidaturas independientes. Fueron la revelación de las elecciones. Entre los que están hartos del sistema político electoral que tenemos, por lo que no votan o anulan su voto, surgió de pronto una opción similar, porque también es antisistémica, pero distinta, porque busca justamente la solución a los problemas en el voto.


ctello@milenio.com