Carta de viaje

Homenaje al tequila

José Cuervo recibió de Carlos IV la primera licencia para producir en gran escala vino de Tequila.

El tequila, como nosotros, nació del encuentro de México con España. Es el producto del mestizaje de una planta que celebraron los antiguos mexicanos, el agave, y de un secreto que heredaron de los árabes los conquistadores españoles: el alambique. La historia de la bebida estuvo desde entonces ligada estrechamente a la tierra de Tequila (en náhuatl, Tequitl-tlan: Lugar en que se corta). Esta es la historia:

El 12 de abril de 1530 el capitán Cristóbal de Oñate fundó la villa de Santiago de Tequila, que durante siglos fue la cabeza de un corregimiento del Nuevo Reino de Galicia, hoy Jalisco, que incluía también otros poblados que serían más tarde productores de tequila: Amatitán, Arenal y Huitzilapa. En esa región, el “vino de mezcal” empezó a ser producido hacia fines del siglo XVI, poco después de la pacificación de los pueblos levantados contra los conquistadores. La noticia de las virtudes y los vicios de la bebida corrió pronto de boca en boca. En 1621, Domingo Lázaro de Arregui le dedicó un capítulo en Descripción de la Nueva Galicia. “Los mexcales son muy semejantes al maguey, y su raíz y asientos de las pencas se comen asados”, escribió, “y de ellas mismas, exprimiéndolas así asadas, sacan un mosto de que sacan vino por alquitara, más claro que el agua y más fuerte que el aguardiente y de aquel gusto. Y aunque del mexcal de que se hace se comunican muchas virtudes, úsanle en lo común con tanto exceso, que desacreditan el vino y aun la planta”.

Acaso por esta razón —por desacreditar la bebida “y aun la planta”— la producción del licor (“más claro que el agua y más fuerte que el aguardiente”) sufrió prohibiciones a lo largo de la Colonia, entre ellas una muy severa, impuesta entre 1785 y 1795 por el rey Carlos III. La medida era insensata, al menos desde el punto de vista de las finanzas públicas, pues cancelaba de tajo las importantes aportaciones que significaban para el fisco los impuestos a su producción. Por ello, la prohibición de producir y vender el “vino de mezcal” fue levantada por su sucesor, un rey menos brillante pero, en esta cuestión, más atinado, inmortalizado por los retratos de Goya y la estatua ecuestre de Tolsá: Carlos IV.

En 1795, justamente, año que fue levantada la prohibición, José Cuervo recibió de Carlos IV la primera licencia para producir en gran escala vino de Tequila. Su “fábrica de sacar vino”, como la llama Cuervo en sus escritos, fue heredada por su yerno, Vicente Albino Rojas, quien la bautizó con un nombre que sería legendario: La Rojeña. Hacia mediados del siglo XIX, en efecto, con más de 3 millones de agaves sembrados en sus campos, La Rojeña era ya la más famosa de todas las tabernas de Tequila. La producción sufrió los embates de las guerras de Reforma, según recuerda un bisnieto de José Cuervo, el escritor y político José López Portillo y Rojas. Sufrió después los prejuicios suscitados por el afrancesamiento del porfiriato, que prefería vinos importados de Borgoña y de Burdeos. Pero no menguó. Al contrario, hizo suyas las ventajas de la modernización. Así, en 1906 el tequila empezó a ser envasado en botellas de vidrio, engalanadas con etiquetas muy hermosas. Algunas llegaron a ser célebres, como la del tequila Floras, adornada con alambiques envueltos por condensadores de cobre que parecían dar vueltas por el aire como serpentinas de metal. O la del tequila La Constancia, adornada con un agave de hojas afiladas y delgadas, y rodeada de los medallones ganados en la Exposición de 1889 en París. O la del tequila La Rojeña, poblada de querubines adormilados y sonrientes que flotan entre las nubes con una copa de licor en la mano, rodeados de mujeres hermosas que suenan trompetas de fanfarria.

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