Carta de viaje

Homenaje a Gamoneda

Dioscórides sugería poner gálbano con socrocio sobre los orificios de la herida. Archígenes aconsejaba beber aceite de oliva. Salomón ensalzaba las virtudes de la piedra bezaquid, que abundaba en el monte Sinaí.

Leí por primera vez al poeta Antonio Gamoneda hace 15 años, en vísperas de un viaje por la Selva Lacandona. El Libro de los venenos está basado en un códice de Dioscórides, médico del siglo I, discípulo de Plinio y Kratevas, que fue adulterado a lo largo de los años en las copias y las versiones hechas en latín y árabe, hasta que, en el siglo XVI, Andrés de Laguna, traductor de Galeno y médico del papa Julio III, lo traduce al castellano para publicarlo en España. Antonio Gamoneda recoge la parte del códice relativa a los venenos de los animales, el Libro Sexto de Dioscórides, junto con los comentarios de Laguna. Y lo reescribe, hace una especie de palimpsesto, en la tradición de los copistas medievales, “consciente de que el tiempo ha convertido la ciencia en poesía”, como dice la reseña que hizo Lecturalia de su libro, publicado en 1997 por Siruela.

En el Libro de los venenos, Gamoneda escribe un listado de los remedios que los hombres han encontrado contra las picaduras de serpientes desde los tiempos de la Antigüedad. La lista es larga. Dioscórides sugería poner gálbano con socrocio sobre los orificios de la herida. Archígenes aconsejaba beber aceite de oliva. Salomón ensalzaba las virtudes de la piedra bezaquid, que abundaba en el monte Sinaí. Erasístrato recomendaba la simiente de berza. Galeno celebraba las hojas grandes y negras de la ancusa. Laguna ponderaba los poderes de las bayas de laurel.

Más cercanos a nosotros, los hombres del siglo XIX recurrieron a la ciencia. Unos rociaban la piel con cristales de permanganato; otros hacían cortes bajo la herida, a la que aislaban con un torniquete de cuero, para luego succionar la sangre. Pero ninguno comentó jamás la posibilidad más extrema: cercenar de tajo la parte del cuerpo que había sido corrompida por el veneno de la serpiente. Es lo que ocurrió con el guía del arqueólogo Ian Graham, director del Maya Corpus Program de la Universidad de Harvard. Alto y delgado, los ojos claros, los labios tenues, las piernas largas, vestido con pantalones de pana anaranjados y camisa de popelina de rayas azules y lilas, y con una corbata de moño Hilditch & Key, Graham llevaba, cuando lo conocí, 32 años en Harvard, dedicado al estudio de los glifos del periodo Clásico. Hablamos de sus aventuras en la selva de los mayas. Eran numerosos e importantes sus descubrimientos en el Petén. Pero no fue eso lo que me contó. Había una historia que lo obsesionaba —la historia de un petenero, su guía, que en la profundidad de la selva, mordido por una nauyaca en la base del pulgar, se había cercenado la mano con un golpe de machete, para no morir. “Se salvó”, añadió Ian, con la mirada todavía un poco turbada.

El veneno de las nauyacas es hemolítico: destruye los glóbulos rojos y desintegra las paredes de los vasos capilares, con lo que provoca en sus víctimas una hemorragia interna masiva que suele causar la muerte. Las hay de tamaños muy diversos: unas miden apenas 10 centímetros, otras en cambio llegan a sobrepasar dos metros. Las pequeñas tienen menor cantidad de veneno, aunque su toxicidad, en general, es similar. Hay en verdad poco que hacer en caso de accidente. En medio de la selva, lejos de los hospitales, los antiviperinos son quizás el único remedio. Están hechos a base de sueros de animales, por lo general caballos, que es necesario tomar en dosis muy grandes, hasta de 150 mililitros durante las horas inmediatas a la picadura. Los sueros, disueltos en agua, aplicados con una venoclisis, son utilizados nada más en casos muy extremos, pues las reacciones, bastante comunes, pueden llegar a ser fatales.

En aquel viaje a la selva me topé con una nauyaca, junto a mi pie, que alcé un poco y moví, despacio, sin perderle la vista. Al hacerlo, me di cuenta de lo fácil que había sido para mí, esa vez, alejarme del peligro: bastó con dar un paso. Así de fácil, es cierto, hubiera sido sufrir un accidente: bastaba, también, con dar un paso. Medía 40 centímetros, era café con manchas oscuras, tenía la piel muy brillante, como si estuviera mojada. Más tarde leí las páginas que Miguel Álvarez del Toro le dedica al venado de montaña —que la gente de la selva también llama temazate— en su libro Los mamíferos de Chiapas: “Este pequeño y bello ciervo es un animal muy confiado y curioso (…) Tiene la curiosa costumbre de matar con sus agudas pezuñas a las serpientes venenosas. Salta sobre ellas y patalea tan velozmente que el movimiento no puede seguirse con la vista”.

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