Carta de viaje

Homenaje a "Gabo"

En la versión original de la novela, el padre del coronel Buendía no llevaba a su hijo a descubrir el hielo, sino otra cosa: un camello.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Es una de las líneas más célebres con que empieza una novela en la historia de la literatura del siglo XX. El comienzo de la obra maestra de Gabriel García Márquez fue reproducido por Salman Rushdie en el primer capítulo de Midnight’s Children y por Isabel Allende hacia el final de La casa de los espíritus. La frase, con la misma estructura pero con un contenido diferente, había aparecido ya en un texto periodístico del propio García Márquez. Pero en la versión original de la novela, el padre del coronel Buendía no llevaba a su hijo a descubrir el hielo, sino otra cosa: un camello… Es uno de los muchos datos que aporta sobre la novela el trabajo de Álvaro Santana-Acuña, investigador en el Departamento de Sociología de la Universidad de Harvard: “How a literary work becomes a classic: the case of One Hundred Years of Solitude”, publicado a principios de 2014 por el American Journal of Cultural Sociology (AJCS). La revista Nexos publicó después, en su homenaje a Gabo, un texto de Santana-Acuña basado en sus investigaciones en torno a Cien años de soledad. El autor comentaba varios otros cambios que ocurrieron en la novela, poco antes de ser editada. Remedios la Bella, por ejemplo, la mujer que asciende al cielo, no es llamada así originalmente, sino con otro nombre: Rebeca de Asís. Y el último de los Buendía, nacido con una cola de cerdo, no muere comido por las hormigas, sino suicidado.

Cien años de soledad narra la historia de siete generaciones de la estirpe de los Buendía en el pueblo de Macondo, fundado por el patriarca de la familia en un sitio remoto, testigo de guerras civiles, huelgas sangrientas, catástrofes naturales y acontecimientos mágicos. Al final, como había sido profetizado por un manuscrito que varias generaciones trataron de descifrar, un huracán destruye Macondo cuando el último de los Buendía nace con una cola de cerdo. ¿Por qué tuvo tanto éxito la novela, con el público y la crítica, hasta llegar a ser lo que ahora es, un clásico? Es la pregunta que trata de responder Santana-Acuña. “La primera versión del libro se agotó en apenas dos semanas, y en menos de un año se imprimieron cuatro ediciones”, escribió en Nexos. La crítica fue también elogiosa, aunque no siempre. Harold Bloom lo llamó “el nuevo Don Quijote”, pero para Miguel Ángel Asturias era “un plagio”, para Octavio Paz era “poesía acuosa” (watery poetry, en inglés) y para Anthony Burgess era “inferior a las exploraciones literarias de Borges y Nabokov” (AJCS). Santana-Acuña reconstruye el contexto que la vio nacer, muy favorable. El Boom, dice, coincidió con la modernización de la industria editorial en el mundo hispanoparlante. En España, sobre todo, “el número de títulos literarios publicados creció en un 327 por ciento entre 1959 y 1976 —cuatro veces el promedio mundial” (AJCS). La novela, en concreto, “apareció en un momento de dislocación de los estilos literarios: los lectores y los editores buscaban alternativas en el mundo frente al declive del realismo social en España y el nouveau roman en Francia” (AJCS). La mesa estaba puesta.

Yo siempre creí que Gabo había comenzado a escribir su novela luego de cancelar la vacación en Acapulco, dar media vuelta y ponerse a escribir sin parar —no en el DF como dice Santana-Acuña, sino en la casa de Cuernavaca de Jomi García Ascot y María Luisa Elío, los padres de Diego. Pero no: lo empezó a escribir luego de firmar un contrato con Carmen Balcells, luego de haber pensado en esa historia durante 15 largos años.

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