Carta de viaje

Historia de la guerra

Es frecuente leer en la prensa noticias sobre bombardeos que afectan a una población aquí y allá, sobre todo allá. Las fotografías son devastadoras. Pero la violencia deliberada contra la población civil es un fenómeno reciente en la historia de la guerra.

A lo largo del siglo XIX, el objetivo de la guerra no fue otro que la destrucción de las fuerzas armadas del enemigo en el campo de batalla, para evocar las palabras del teórico de las guerras napoleónicas, Karl von Clausewitz. En opinión de muchos otros pensadores militares, como Sun Tzu, no era necesario aplastar las fuerzas del enemigo para derrotarlo, pero sí lo era para Clausewitz. Los triunfos de Moltke, en Sadowa y Sedan, basados en el poder de una superior concentración de fuerza, parecían confirmar esta teoría. El valor exagerado que todos solían dar al número de la fuerza, en perjuicio de su movilidad, tuvo después, bajo el mando de generales mediocres, consecuencias lamentables durante la Primera Guerra Mundial. Decenas de miles de soldados murieron en intentos por avanzar apenas un puñado de kilómetros. Durante la guerra que estalló en 1939, con la introducción del carro de combate, hubo en cambio la posibilidad de conseguir resultados decisivos sin un inútil derramamiento de sangre. Así, la penetración de los tanques alemanes a través de las Ardenas, concebida por Von Manstein, que Guderian prolongó después hasta la costa del Canal para cortar la retaguardia de los ejércitos aliados, culminó con la capitulación de Bélgica, Francia y los Países Bajos en apenas un mes. Al mismo tiempo, sin embargo, con la expansión de las fuerzas aéreas, la población civil estuvo de pronto involucrada en el conflicto. Al bombardeo de objetivos militares le siguió después el de centros industriales y, más tarde, también el de zonas urbanas. En este contexto, el uso de la bomba atómica contra Japón siguió solo la misma lógica del llamado bombardeo de zona: acabar con la voluntad combativa de una nación por medio del uso de la fuerza contra su población civil. Murieron incluso más personas en el bombardeo convencional de Dresde, Alemania, que en el bombardeo atómico de Hiroshima, en Japón.

Pero había tenido lugar un salto cualitativo en la conducta de la guerra. El poder destructivo de este nuevo tipo de armas hacía inconcebible la posibilidad de su utilización. Desde entonces, y sobre todo a partir de la explosión de la bomba de hidrógeno en 1952, las armas nucleares terminaron por desempeñar un papel exclusivamente disuasivo. El problema es que la disuasión es efectiva solo en la medida en que resulte convincente la amenaza que la sustenta —y la disuasión nuclear se distingue de todas las demás por la gravedad de esta amenaza: la represalia masiva. Estados Unidos y la Unión Soviética fueron los dos grandes protagonistas de este juego desde finales de la Segunda Guerra Mundial. A partir de la década de los cincuenta, con la creación de la bomba termonuclear y la adopción, más tarde, del misil balístico intercontinental, la paridad nuclear entre los dos introdujo un elemento adicional en la ecuación. Fue un elemento estabilizador (la paridad que resultaba de la llamada capacidad de segundo ataque hacía más peligrosa —o sea, menos factible— la posibilidad de un choque frontal entre las superpotencias), pero también un elemento desestabilizador (una vez asegurada la destrucción mutua entre los estados beligerantes, ¿qué valor disuasivo podían conservar las armas nucleares?).

El resultado de la paridad nuclear fue el de orientar la tensión entre el Este y el Oeste hacia otros puntos del planeta, menos vitales con relación a los intereses geopolíticos de las superpotencias, por lo general en el Tercer Mundo. La violencia adoptó ahí nuevos rasgos: los de la guerra de guerrillas. Las características tácticas de la guerrilla —dispersión en el ataque, uso de unidades limitadas, abolición del frente de combate— hacían que, a su respecto, la amenaza de una represalia nuclear resultara inútil. Kennedy entendió que para combatir lo que llamaba subversión, en América, África o Asia, había que volver a las armas convencionales, sobre todo a aquellas vinculadas con las operaciones antiguerrilleras (fueron en efecto los años en que surgieron los Green Berets). Dos décadas más tarde, sin embargo, durante el gobierno de Reagan, hubo una vuelta hacia las fuerzas nucleares, en particular con respecto a las operaciones vinculadas a la Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI, por sus siglas en inglés, pero llamada vulgarmente Star Wars). Esa fase de la carrera armamentista terminó con el fin de la guerra fría. El mundo de los poderosos ya no está obsesionado con la posibilidad de una conflagración nuclear, como estuvo durante décadas, pero el mundo de los pobres le teme todavía a las bombas. Suelen caer con frecuencia, sobre todo cuando son lanzadas por aviones estadunidenses.