Carta de viaje

La Gran Guerra

¿Qué fue lo que pasó hace un siglo, en julio de 1914, en Europa? ¿Por qué razón las potencias más distinguidas de un continente que había vivido en paz durante cerca de un siglo emprendieron una empresa tan destructiva de todo lo que significaban?

¿Por qué estalló la Primera Guerra Mundial o, como fue llamada durante décadas: la Gran Guerra? ¿Qué fue lo que pasó hace un siglo, en julio de 1914, en Europa? ¿Por qué razón las potencias más distinguidas de un continente que había vivido en paz durante cerca de un siglo, que había llevado sus ideas y su cultura a todo el mundo, que había alcanzado una prosperidad jamás vista en la historia de la humanidad emprendieron una empresa tan destructiva de todo lo que significaban? ¿Por qué tuvo lugar la guerra? “¿La provocaron las arrogantes ambiciones de algunos de los hombres que detentaban el poder entonces?”, preguntó Margaret MacMillan, una de las voces más autorizadas en el tema, en un artículo publicado este mes por Letras Libres. “¿O reside la explicación, más bien, en la competición entre ideologías? ¿Rivalidades nacionales? ¿O en el puro y aparentemente imparable impulso del militarismo?… ¿O no habría tenido lugar si un acontecimiento azaroso en un atrasado lugar del Imperio Austrohúngaro no hubiera prendido la mecha?”.

La Gran Guerra nos obsesiona porque no sabemos todavía por qué ocurrió. Pero nos persigue también porque todavía no entendemos por qué fue tan mortal y, sobre todo, tan estéril. Más de diez millones de soldados murieron en las trincheras. La batalla del Somme acabó con un saldo aterrador: los ejércitos aliados recorrieron 13 kilómetros en cuatro meses a cambio de más de 600 mil vidas. Vergonzoso. Al igual que muchas otras ofensivas, aquella fue también un intento por avanzar de frente, sin eludir el choque. Con el adversario en las trincheras; sin embargo, parapetado con sus ametralladoras, el asalto frontal no pudo nunca tener éxito. La necesidad de sorprender al enemigo, por lo demás, fue ignorada de manera sistemática, pues antes de desencadenar un ataque los aliados adoptaron la costumbre de bombardear las posiciones de los alemanes. Era como notificarles el inicio del asalto. Así había sucedido también en las ofensivas de Neuve Chapelle, de Arras y de Champagne, tan pobres todas en innovaciones tácticas. La batalla del Somme tuvo lugar al mismo tiempo que la de Verdun, donde murieron 400 mil franceses a las órdenes del general Philippe Pétain. La vida de los soldados se terminó por someter en todas partes a la lógica de la guerra de desgaste: sangrar, y hacer sangrar, hasta sobrevivir al otro por un hombre. Para fines de 1916, las rebeliones en las filas de los ejércitos amenazaban con romper el orden en el frente. Antes de finalizar el año, Joseph Joffre, promotor de la offensiveà outrance, fue destituido como general en jefe del Ejército de Francia.

Pero la guerra pudo haber tenido un desarrollo diferente, el ejército alemán pudo haber derrotado a los aliados en Francia en el verano de 1914, si hubiese sido fiel a la estrategia trazada por el legendario Plan Schlieffen. El conde Alfred Schlieffen, un hombre tímido y miope, estaba interesado en las posibilidades militares del ferrocarril y la aviación, a contracorriente de los altos mandos del ejército de su país y de Europa en general (“Tout ça, c’est du sport”, decía sobre la aviación el mariscal Foch). Acababa de cumplir 70 años cuando, en 1895, al frente del Estado Mayor del Ejército de Prusia, empezó a concebir el célebre plan con el que, situado su país en medio de dos potencias que estaban aliadas, Francia y Rusia, buscaba obtener una rápida decisión en el Oeste para concentrar después sus fuerzas en el Este. En 1905, Schlieffen produjo el memorando en el que proponía atacar a Francia concentrando el grueso del ejército alemán —63 de las 72 divisiones disponibles— en el noroeste de ese país, en un ataque que pasaría (violando su neutralidad) por Bélgica y Holanda. La relación de fuerza entre el flanco derecho y el flanco izquierdo del ejército alemán iba a ser de 7:1. Ello seduciría a los franceses a atacar su flanco más débil, el izquierdo, adentrándose en la región de Lorena, haciendo por lo tanto más fácil el avance de los alemanes por la frontera con Bélgica. Pero el sucesor de Schlieffen, el general Moltke, modificó la relación entre el flanco derecho y el flanco izquierdo del ejército alemán a solo 3:1. Le tembló el pulso, no estuvo dispuesto a correr los riesgos de su predecesor, fortaleció su flanco más débil, y el plan se vino abajo: propició un choque con Francia que no fue decisivo, que quedó detenido luego de la ofensiva del verano de 1914.

La guerra de movimiento implícita en el Plan Schlieffen fue sacrificada por una guerra de posiciones que habría de durar más de cuatro años en el Oeste. Pero las cosas pudieron haber sido distintas.

ctello@milenio.com