Carta de viaje

Fotografía arqueológica

Charnay pudo, con sus fotografías, transmitir una cualidad del aire que no es visible, pero es real: su silencio y su misterio.

El Antiguo Colegio de San Ildefonso hace un homenaje a partir de esta semana, con base en la Colección Ricardo B. Salinas Pliego, a uno de los viajeros más interesantes del siglo XIX en México, el francés Désiré Charnay. Charnay estaba a punto de cumplir 30 años cuando, en noviembre de 1857, arribó al puerto de Veracruz. Acababa de pasar una temporada en Nueva Orleans, donde leyó la crónica de los viajes de John Lloyd Stephens por las ciudades mayas de Chiapas y Yucatán. Al terminar la lectura —era uno de los libros de viaje más leídos de su tiempo, y lo es hoy todavía— supo lo que deseaba hacer por el resto de su vida: explorar las ciudades antiguas del Nuevo Mundo. Primero se inició a la fotografía. Luego buscó financiamiento para su exploración en el Ministerio de la Instrucción Pública de Francia. A lo largo de 1858 recorrió México, entonces sacudido por la Guerra de Reforma. Llevaba sus aparatos de fotografía cargados a lomo de mula, en cajas envueltas con lonas humedecidas en aceite para resguardarlas de las lluvias: cámaras de metal y cuero, trípodes de madera, lámparas de magnesio, placas de vidrio, sales de platino, charolas, pomos, frascos y botellas —unos mil 800 kilos de material. Realizaba seis o siete impresiones al día, no más, cada una de las cuales requería al menos tres ensayos. Las fotografías que tomó en 1858 en Oaxaca y Yucatán fueron las primeras imágenes —las primeras— que registraron las ruinas precolombinas en México. Pero no las conocemos, pues en 1859 un destacamento de soldados lo arrestó, acusándolo de espía, y le destruyó la totalidad de sus placas y sus notas: un año de trabajo. El golpe fue terrible, pero no del todo injustificado, pues Charnay, explorador, arqueólogo y fotógrafo, era también agent de renseignements del emperador Napoleón III. Las fotografías que muestra la exposición de San Ildefonso son posteriores a 1958, algunas tan antiguas como 1859.

Désiré Charnay utilizó la fotografía con fines arqueológicos mucho antes que Teobert Maler y Alfred Maudslay. “Una de las grandes contribuciones a la historia de la arqueología por parte de Désiré Charnay son sus fotografías”, dice una nota de introducción en San Ildefonso. “El siglo XIX tuvo varios precursores de esta tecnología, como fueron John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood”. La frase es equívoca, pues ninguno de los dos utilizó jamás la fotografía. Charnay es el primero. La mayoría de su trabajo —medio millar de negativos, más de mil reproducciones antiguas— está en el Museo Branly de París. Pero una parte importante de él está resguardado en la Colección Ricardo B. Salinas Pliego. A diferencia de sus viajes por Canadá (1857), Madagascar (1863), Java y Australia (1878), donde solía registrar tipos humanos, retratados de frente, de espalda y de perfil: indios de Norteamérica, negros de la Reunión, aborígenes de Oceanía, sus viajes por México estuvieron siempre concentrados, no en el hombre, casi siempre ausente, sino en las antiguas ciudades perdidas del Nuevo Mundo. Las ruinas de Yucatán y Chiapas, sobre todo, aparecen en sus fotos como no las volveremos a ver más: en el momento de surgir de la vegetación, luego de haber vivido durante siglos en el olvido. Es algo que podemos escuchar, más que ver, en sus fotografías: el silencio, la soledad y el abandono de las ruinas.

El gran arqueólogo inglés Alfred Maudslay, con quien Charnay compartió la gloria del descubrimiento de Yaxchilán, quedó mal impresionado por el personaje, como le confesó a su diario: “No me parece un viajero científico de mucha clase. Es un caballero agradable y parlanchín, con una gran sed de gloria”. Charnay vivió para ver el declive de su reputación, en un mundo en que la arqueología comenzó a ser dominada por la exactitud científica. Es un destino injusto. Charnay era un viajero, más que un arqueólogo, pero no fue nunca un charlatán. Fue el primero en utilizar moldes de papier-maché para copiar las inscripciones de los mayas. Fue el primero en llevar a cabo excavaciones en las ruinas, que lo llevaron a descubrir juguetes de barro con ruedas en las tumbas de Tenenepanco. Fue el primero en explorar sitios importantes, como Comalcalco. Fue también el primero en usar la fotografía como instrumento de trabajo, en condiciones muy difíciles. La composición de sus imágenes, sencilla y limpia, así como la magnitud de su formato, le da a sus láminas un sentido de grandeza que no es fácil encontrar en otras reproducciones de las ciudades antiguas. Con ellas pudo transmitir una cualidad del aire que no es visible, pero es real: su silencio y su misterio.

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