Carta de viaje

Febrero 14 (de 1831)

Fue un hombre bueno, un guerrillero audaz, un héroe de la Independencia. También un candidato a la Presidencia que tuvo la debilidad de no reconocer su derrota —el primero en la historia de México.

El general Vicente Guerrero estaba levantado en armas desde hacía un año en las montañas del sur cuando fue capturado a traición en Acapulco. Sería llevado por mar a Huatulco, luego por tierra hasta la ciudad de Oaxaca. La prensa del estado confirmó el rumor de su aprehensión: “Por extraordinario recibido hoy comunica el comandante del puerto de Huatulco haberse aprehendido en aquel punto al general don Vicente Guerrero”. La ciudad estaba impactada. “Como a las cuatro de la mañana del 1 de febrero fuimos entrando a Oaxaca con el mayor silencio, sin ser sentidos de la población, dirigiéndonos al convento de Santo Domingo, donde estaban preparadas las celdas necesarias para recibirnos, quedando separado el general en una con la guardia de oficio”, habría de recordar uno de los compañeros de Guerrero, don Manuel Zavala. Al día siguiente, sus compañeros de prisión fueron dejados libres en el claustro del convento, pero el general continuó preso. Comenzó entonces un juicio que concluyó el 10 de febrero, cuando Guerrero fue condenado a muerte por un consejo de guerra que presidió el coronel Valentín Canalizo. Un día después fue puesto en capilla. “¿Y con el fin trágico de este mexicano que tanto nombre ha obtenido desde la guerra de la Independencia cesará la guerra civil, se consolidará la paz?”, preguntó El Oajaqueño Constitucional. “Pluguiese al cielo que sí”.

¿Cuál era el crimen del que acusaban sus jueces a Guerrero? Algo que habría de marcar ese siglo: encabezar un pronunciamiento contra el gobierno elegido por el sufragio.

A partir del triunfo de la Independencia habían surgido en México dos formas de concebir la relación con las instituciones heredadas de la Colonia. Cada una era defendida por una logia de masones, que estaban divididos en dos ritos: los escoceses deseaban una transición pausada y los yorkinos querían una ruptura radical. Ambos llegaron enfrentados a la elección de 1828: los escoceses lanzaron la candidatura del ministro de Guerra, el general Manuel Gómez Pedraza, y los yorkinos apoyaron las aspiraciones del héroe del Sur, el general Vicente Guerrero. Los sufragios, en aquellos tiempos, no eran emitidos por los ciudadanos del país, sino por las legislaturas de los estados: cada legislatura tenía derecho a un voto, de acuerdo con la Constitución de 1824. Así, en septiembre de 1828 nueve legislaturas votaron por Guerrero y once legislaturas sufragaron por Gómez Pedraza, entre ellas la de Oaxaca. El general Guerrero desconoció el mandato de las legislaturas. Sus partidarios, encabezados por un militar que habría de figurar más tarde, Antonio López de Santa Anna, declararon que una conspiración pro española, aristócrata, había corrompido la elección en México. Guerrero avaló ese movimiento. “Echó mano de las vías de hecho, atropellando las de derecho”, dice el Calendario del Más Antiguo Galván. “Sucumbió a la debilidad humana y aceptó un empleo que legalmente no le pertenecía”. Gómez Pedraza fue incapaz de vencer con las armas a las fuerzas de Guerrero, quien asumió la Presidencia en abril de 1829, aunque solo por ocho meses, hasta diciembre, pues fue depuesto por su vicepresidente, el general Anastasio Bustamante. Más tarde, Bustamante tramó su captura con un genovés sin honor, el capitán de barco Francesco Picaluga, quien con engaños puso a Guerrero en manos de las autoridades de Oaxaca.

La noche del 13 de febrero de 1831, Vicente Guerrero fue trasladado a una celda en el claustro del convento de Santiago Cuilapan, al sur de Oaxaca. Y la madrugada del 14, un día de San Valentín, murió fusilado en el atrio del convento, para recibir un funeral con misa de cuerpo presente antes de ser enterrado en Cuilapan. Guerrero fue sepultado como había muerto, con las prendas que serían descubiertas en su cadáver al ser exhumado unos años después para ser trasladado a la capilla del Rosario en Oaxaca, donde fue inhumado a la derecha del altar por el prior del convento de Santo Domingo. Tenía una mascada negra amarrada a la cabeza y una banda de burato azul alrededor de la cintura, y estaba vestido con el hábito de la orden de los Predicadores. Llevaba también otras prendas: “Un cinto de cuero ceñido sobre el hábito y botas de cuero casi deshechas”, dice el historiador Jorge Fernando Iturribarría, y añade esto: “Al exhumar el cadáver, el esqueleto se desarticuló”. Las botas casi deshechas sugieren el calvario de Guerrero durante las jornadas a pie que tuvo que hacer desde Huatulco hasta Oaxaca. Algunas personas que lo conocieron en la costa lo llegaron a visitar en su celda, antes del proceso que lo condenó a morir fusilado. “Vagaba una sonrisa por sus labios”, dice Ignacio Candiani, quien lo vio con su padre en Santo Domingo. Fue un hombre bueno, un guerrillero audaz, un héroe de la guerra de Independencia. También un candidato a la Presidencia que tuvo la debilidad de no reconocer su derrota —el primero en la historia de México.

ctello@milenio.com