Carta de viaje

El EZLN: 20 años después

Al final de la primera edición de mi libro La rebelión de las Cañadas, publicada en 1995, y también al término de la segunda edición, corregida y aumentada en 2000, hacía una lista de los resultados, buenos y malos, que había tenido la rebelión del EZLN para el país (México) y para la región en la que estalló el conflicto (la selva, los Altos y el norte de Chiapas). En ambos casos afirmaba que el saldo era provisional, pues la coyuntura abierta con las armas por los zapatistas no había sido todavía cerrada. Ahora, a cerca de veinte años del estallido, me parece que es posible y necesario responder a esta pregunta. ¿Cuál es el saldo del levantamiento del EZLN? ¿Bueno o malo? Es lo que trato de responder en una nota que precede la edición hecha de mi libro en el contexto del veinte aniversario del levantamiento del EZLN en Chiapas.

El saldo para el país es diferente al saldo para la región. Creo que fue bueno para el país, aunque quizá malo para la región. La razón tiene que ver sobre todo con la magnitud de la violencia sufrida por la zona del conflicto en Chiapas, enorme en comparación con la que sintió el resto de México. La nación reconoció la tragedia que significa la marginación y la pobreza de millones de mexicanos, fue solidaria con la causa de los indígenas, dio un paso hacia la democracia para contener el estallido, pero a un costo: la violencia que a lo largo de una década sufrieron las comunidades de Chiapas. En este sentido resultó cierta la frase de los zapatistas, una de las que fueron más populares con sus simpatizantes: Para todos todo, nada para nosotros.

Las armas de los zapatistas, que hacia fuera tuvieron un uso sobre todo simbólico, mantuvieron hacia dentro un uso persuasivo y efectivo. Sus jefes las utilizaron contra otros habitantes de la región para quitarles sus tierras, sus casas y sus animales, ante la pasividad de las fuerzas del orden, estatales y federales, limitadas ambas por la inmunidad que les daba a los rebeldes la Ley de Concordia y Pacificación. Las comunidades no zapatistas, frente a esa pasividad, empezaron a buscar sus propias armas para defender su propiedad, a menudo con la complicidad de las autoridades en Chiapas. Los grupos que establecieron —llamados paramilitares por la prensa— adquirieron con el tiempo un carácter no solo defensivo, sino también ofensivo: perpetuaron expulsiones, saqueos, incendios y asesinatos. Los indígenas fueron así víctimas y verdugos de la violencia que a mediados de los noventa azotó el norte y los Altos de Chiapas, aunque no la selva.

¿Fueron manipulados en esa dirección? En Chiapas, durante el conflicto, los indios aparecían a menudo en las discusiones como víctimas de la manipulación. Los zapatistas, decían unos, eran manipulados por la diócesis de San Cristóbal y por la comandancia del EZLN. Los antizapatistas, decían otros, eran manipulados por el PRI, por el Ejército y por el gobierno de Chiapas. Ambas interpretaciones estaban en los extremos, eran antagonistas en el conflicto, pero defendían una misma tesis: que los indios eran buenos, que los malos eran otros, los que los manipulaban. Yo no soy de los que creen en esta tesis. Los indígenas tenían sin duda pocos elementos para decidir, pero en el peor de los casos, si es cierto que fueron manejados por intereses ajenos a los suyos, al menos ellos mismos podían escoger a sus manipuladores: unos aceptaron ser manipulados por la comandancia del EZLN, otros por la diócesis de San Cristóbal, unos más por la dirigencia del PRI, algunos por los mandos del Ejército… Había un amplio y variado mercado de manipuladores en Chiapas. Los indígenas utilizaron a todos esos manipuladores de acuerdo con sus intereses, como lo habían hecho a lo largo de su historia con todos los agentes que llegaron a sus comunidades del exterior: sacerdotes, ingenieros, activistas, políticos, guerrilleros. Porque hay algo de lo que no puede haber absolutamente la menor duda: los indígenas fueron los protagonistas de la rebelión que estalló en Chiapas al comienzo de 1994. Hace de eso ya veinte años.

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