Carta de viaje

Colombia después del plebiscito

El domingo pasado, los colombianos rechazaron por un margen mucho muy estrecho —50.2 por ciento— los tratados de paz negociados en La Habana a lo largo de cuatro años por el gobierno de Colombia y la comandancia de las FARC. Solo 13 millones de los 34 millones de electores acudieron a votar. Pero ganó el No.

Los tratados de paz establecían líneas para responder a las causas del conflicto y bases para comenzar el proceso de reconciliación, así como también, aunque menos, algo de justicia para las víctimas de la guerra. Los guerrilleros abandonarían sus campamentos y entregarían sus armas a las Naciones Unidas, a cambio de amnistía para las FARC. Es decir, amnistía para la tropa, así como para los que cometieron crímenes, la obligación de confesarlos ante un tribunal y hacer trabajo comunitario como una forma de redención, pero sin ir a la cárcel. Los tratados también ofrecían a las FARC la oportunidad de tener representación parlamentaria en las elecciones de 2018, con el fin de facilitar su transición a la política. Muchos colombianos pensaron que había que hacer esos sacrificios en aras de la paz, sobre todo los colombianos que viven en las zonas de conflicto, donde ganó el . Pero muchos otros colombianos pensaron que el gobierno había hecho demasiadas concesiones a una organización armada que, como mostró el plebiscito, es detestada —los colombianos que por lo general residen fuera de las zonas del conflicto, en el centro del país, en las ciudades, donde ganó el No.

Los colombianos que votaron por el No, encabezados por el ex presidente Uribe, no estaban a favor de reiniciar la guerra (su trending topic era SiALaPazPeroEstaNo), sino de llegar a un acuerdo con menos concesiones a las FARC. Uribe decía que los tratados de paz daban amnistía a criminales. La preocupación era legítima: las FARC son una organización que ha estado dedicada al secuestro, la extorsión, la leva y el tráfico de droga en Colombia. Pero los partidarios del No jamás incluyeron una propuesta alternativa que fuera viable, como lo hicieron los partidarios del . Y los mismos acuerdos de paz no incluían, por supuesto, un plan B en caso de que no fueran refrendados.

Los negociadores del gobierno viajaron de nuevo a La Habana para reunirse con la dirección de las FARC. Para discutir qué hacer. Su discusión tendrá que incluir las posturas de los que votaron No. Pero no está claro cómo: Santos dijo que llamaría a todas las fuerzas al diálogo, Uribe dijo que permanecería al margen. El proceso de paz no puede continuar en la incertidumbre sin que ella, tarde o temprano, estalle, acabando con el cese al fuego.

¿Qué va a pasar? Hay sorpresa, tristeza, miedo, incertidumbre. Como la hubo al ganar el brexit, como la habrá (multiplicada) si gana Trump. Pero me parece que también hay esperanza. El New York Times, en su editorial del lunes, dijo así: "La esperanza descansa ahora esencialmente en el cansancio de ambos bandos. Ni el gobierno ni las FARC quieren continuar una guerra que ha matado a más de 200 mil personas y ha desplazado de sus hogares a millones más en las últimas cinco décadas", para terminar así: "Este esfuerzo del gobierno y las FARC representa lo más cerca que Colombia ha estado de llegar a un acuerdo para terminar la guerra. Nadie —ni los electores, ni sus líderes políticos, ni aun los de la oposición, ni las FARC— puede permitirse desperdiciar esta oportunidad".

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com