Carta de viaje

Carlos Gracida, polista de México

En los campos de polo convergieron por primera vez los soldados de la Revolución con los aristócratas del porfiriato.

Acaba de morir Carlos Gracida, el jugador de polo más grande en la historia de México —uno de los más grandes del mundo, junto con su hermano Guillermo—. Murió el martes al caer de su caballo en un accidente en el campo de Wellington, Florida, donde vivía desde hacía tiempo dedicado al polo en el Club Santa Clara. Tenía 53 años. Era un jugador de 10 goles desde 1998, ganador cinco veces del Abierto de Argentina, nueve veces del Abierto de Estados Unidos y diez veces del Abierto de Gran Bretaña, donde era amigo del príncipe Guillermo (a quien solía recordar disculpándose con él, muy apenado, por haber llegado un poco tarde a su clase de polo:
“Es un príncipe de verdad”, decía Gracida). En homenaje a su vida y a su talento, que floreció fuera del país, quiero escribir sobre el polo en México, un deporte hoy mismo poco popular aquí, que “deberá tener un rol más activo y eficaz dentro del panorama deportivo nacional”, como propone la Federación Mexicana de Polo.

El polo tiene sus orígenes en Persia, según las fuentes más antiguas, alrededor del siglo VI antes de Cristo. Su fama galopó primero hacia el Oriente, sobre todo China (su nombre deriva de la palabra pulu, que significa pelota en la lengua del Tíbet). El polo fue pronto jugado también en India, donde era el pasatiempo de la nobleza, que siglos más tarde transmitió su gusto por el juego a los oficiales del ejército de Gran Bretaña. En 1863 fue fundado el Polo Club de Calcuta y en 1869 fue jugado el primer partido de polo en Inglaterra. El juego llegó en 1875 a Argentina y en 1883 a Estados Unidos, los dos países donde hoy en día es más popular el polo, junto con Inglaterra. Poco después llegó también a México.

El hipódromo fue construido por el Jockey Club en uno de los terrenos que lindaban con Peralvillo. Tenía tribunas para más de mil espectadoras. Allí, a finales del siglo XIX, los mexicanos jugaron al polo por primera vez. México ganó la medalla de bronce en polo en los Juegos Olímpicos de 1900. A raíz de su popularidad surgió por esas fechas, en la capital, el Polo Club. Muchos de los que destacaron entonces —Pablo Escandón y Pedro Corcuera, por ejemplo— dejaron el país a raíz del triunfo de la Revolución. Eran otros los que, después de todas las batallas, volvieron a formar el Polo Club de México, entre ellos Horacio Casasús y Archibaldo Burns. Desde principios de los veinte, así, los polistas del país podían jugar de nuevo el deporte que desde los tiempos más antiguos practicaban en las montañas del Punyab los maharajás de Kapurthala. Pero era todavía, como al principio, un deporte reservado a los más ricos.

Todo cambió poco después. El florecimiento del polo fue posible gracias al apoyo que recibió de su promotor más entusiasta: el general Joaquín Amaro, secretario de Guerra y Marina en el gobierno de Plutarco Elías Calles. Sus orígenes, humildes en extremo, lo habían movido a dejar sus estudios para luchar contra la dictadura de Díaz en el estado de Durango. Apenas sabía escribir cuando tomó las armas para combatir por la Revolución. Tenía fama de ser un hombre muy duro. Al romper con la Convención, en 1914, continuó la lucha bajo las órdenes de los generales Obregón y Calles. Y así, a mediados de los veinte, como secretario de Guerra y Marina, comenzó a reorganizar a las tropas que surgieron durante la Revolución. Una labor colosal: estaba sentando las bases para levantar lo que sería con los años el Ejército de la nación. Impuso la disciplina, pulió la técnica, mejoró el armamento y promovió la formación de los soldados con la creación de bibliotecas en los cuarteles. Le dio también un impulso sin precedente a todos los deportes, en particular al polo. Promovió la creación de dos terrenos más en los linderos de Chivatito y dispuso que cada regimiento de caballería contara con un equipo para competir en los torneos que culminaban en el hipódromo de Peralvillo. Allí, en los campos de polo, convergieron por primera vez los soldados de la Revolución con los aristócratas del Porfiriato.

Fue el momento de mayor popularidad del polo en México. A partir de entonces comenzó su declive, a pesar de que desde la década de los setenta algunos de los mejores jugadores del mundo eran mexicanos. Entre ellos destacaba la dinastía de los Gracida, que llegó a lo más alto con Carlos Gracida. Jugaba con el número 1 en un equipo legendario, La Espadaña, con el que ganó cuatro veces el Abierto de Palermo en Argentina. Vivía desde hacía muchos años en Florida. Dicen que, además de ser uno de los mejores jugadores del mundo, era un gran maestro. También un tipo muy simpático. Así lo recuerdan en el Polo Club de Careyes, donde solía jugar con su hermano Memo.

ctello@milenio.com