Articulista invitado

García Márquez con Joyce y Hemingway en Dublín

El 16 de junio de 1997, invitado por el autoexiliado ex presidente Carlos Salinas de Gortari, Gabriel García Márquez participó en las festividades del Bloomsday, que hoy cumplen 60 años de haberse iniciado. El siguiente es el recuento cálido y emocionado de ese día, hasta ahora ignorado, en que el escritor rindió homenaje a los autores de Ulises, James Joyce, y París era una fiesta, Ernest Hemingway, que junto con William Faulkner figuraron entre sus principales héroes literarios.


Carlos Salinas de Gortari, Mercedes Barcha y Gabriel García Márquez. (Pedro Valtierra)

Resulta paradójico que en Irlanda desconozcan la visita que Gabriel García Márquez hizo a ese país, siendo uno de los pueblos que más valora la literatura. Los irlandeses se consideran “salvadores de la civilización” por las obras clásicas que sus monjes copiaron y conservaron durante la Edad Media. Y decidieron recurrir a la literatura para “inventar Irlanda” como una comunidad histórica y una cultura de resistencia ante la imposición durante siglos de Inglaterra, su vecino más que incómodo, imperial. Tal vez eso contribuye a explicar que Irlanda, siendo un país que no llega a cinco millones de habitantes, cuenta con cuatro premios Nobel de Literatura, a pesar de que quien tal vez más lo merecía, James Joyce, nunca lo recibió.

Precisamente el 16 de junio de 1997, durante la gran fiesta joyciana de Bloomdsay, la que celebra el día durante el cual transcurre el Ulises, Gabriel García Márquez recorrió Dublín y alrededores en un peregrinaje secular que le hizo admirar aún más esa gran nación. Y durante ese recorrido Gabo vinculó a otros dos grandes de la literatura universal. García Márquez conservó la experiencia como un momento singular.

Acompañado de su esposa Mercedes, el Gabo aceptó la invitación que le hice para compartir unos días en esa tierra de sorprendente fortaleza literaria. Yo residía temporalmente en Irlanda por sugerencia de Ted Sorensen, asesor del presidente Kennedy, de raíces irlandesas, quien me aconsejó: “Si quieres escribir un libro, ve a Irlanda”. Con mi esposa Ana Paula Gerard recibí a los ilustres huéspedes, y con ellos a José Carreño Carlón y su esposa Luci.

El Gabo venía precedido del alboroto que había producido su propuesta en Zacatecas de “simplificar la gramática y jubilar la ortografía”. Lo disfrutaba enormemente. Pero ese 16 de junio en Dublín empleó la discreción para absorber la fortaleza del país. Los García Márquez y los Carreño se hospedaron en el Hotel Shelbourne, frente a Stephen‘s Green, el parque predilecto de Joyce.

Almorzamos en el hotel, y al final un grupo de compatriotas se acercó amablemente a saludar. Era una familia de Tabasco. Uno de ellos, de manera emocionada, le dijo al Gabo: “Mi novela preferida es El amor en los tiempos del cólera”. Después de agradecer cortésmente el cumplido, el Gabo le soltó la pregunta con la que se sorprendían aquellos que se declaraban sus leales lectores: “¡Cuéntamela!” El desconcierto del interlocutor fue grande, como lo fue nuestra reacción, pues cada uno de los que escuchamos la genial pregunta hicimos un relato mental diferente sobre lo que la misma obra significaba. Era la pregunta cuya respuesta reclamaba, como Gabo escribió, que no había que conformarse “con los secretos expuestos en el frente de la página, sino voltear la novela al revés para descifrar sus costuras”. Entonces comentamos que los libros son como los hijos: una vez en el mundo, van tomando su propio camino, y los libros sin duda un trazo diferente en la mente y en la emoción de cada lector.


James Joyce. (AFP)

Al salir del hotel y al caminar por Grafton Street, dominada por peatones, decidimos cambiar el curso y tomar la paralela, Dawson, la cual nos llevó a la librería más importante de la ciudad: Hodges Figgis. Poblada de entusiastas jóvenes, niños y adultos, la librería sorprendió gratamente a Gabo por la diversidad de sus títulos distribuidos en varios pisos.

Resultó emotivo encontrar todo un sitio dedicado a las obras de García Márquez. Entonces, Gabo revisó varios ejemplares con ojos concentrados, tanto la traducción de Gregory Rabassa a Cien años de soledad, como la de Edith Grossman a El general en su laberinto. Su expresión fue de satisfacción a pesar de recordar que “traduttore tradittore”. Todavía conservo ambos ejemplares. Mientras conversábamos en la cafetería de la librería recordamos que en sus más de 200 años de existencia, la librería fue citada por el propio Joyce en la primera hora del Ulises al escribir: “La virgen en la ventana de Hodges Figgis”.

La vitalidad de la ciudad se extendía hasta las afueras, en Bray, donde cenamos en la casa que rentaba y compartimos recuerdos y tomamos una foto. Decidimos ir al día siguiente a la Torre Martello en Sandycove, una de las antiguas vigías imperiales y ahora museo, pues ahí precisamente arranca el Ulises su periplo modernizado de un solo día. La inspiración la tuvo Joyce en 1904 cuando pernoctó varias noches en esa Torre. Ahí compartió el Gabo su admiración por el autor y esa obra. Hizo entonces un apasionado comentario sobre el final del Ulises, más de 20 páginas convertidas en un párrafo que no se interrumpe ni por comas ni por puntos. Fue un momento que convirtió en mágica la realidad que nos rodeaba.

La conversación llevó al Gabo a convocar a otros dos titanes literarios. Surgió la referencia que de Joyce hizo Hemingway en su obra París era una fiesta. En su texto, Hemingway señaló que en París Gertrude Stein no volvía a invitar a quien mencionara dos veces al escritor irlandés. Pero para el Nobel norteamericano, “Joyce es grande. Y un buen amigo” según asentó en ese testimonio escrito. Y a continuación se recordó que Hemingway relata haber encontrado finalmente a Joyce mientras paseaba solo por el boulevard Saint-Germain; lo invitó a beber una copa en el café Deux Magots.


Ernest Hemingway. (AFP)

A Gabo le brillaron intensamente los ojos al mencionarse este pasaje en la obra de Hemingway. Yo sabía el motivo de su emoción. Y el Gabo lo recordó. Solo unos años antes, en París en 1992, Gabo había relatado su encuentro con Hemingway precisamente en el Barrio Latino. Lo hizo mientras tomábamos sus ostras preferidas en La Coupole. Esa noche había concluido una cena a la que me invitó el presidente Mitterrand en El Elíseo, donde tuve el honor de que me acompañara Carlos Fuentes. Al salir, el ministro de Cultura Jack Lang amablemente nos convidó a visitar las obras de restauración de las murallas originales en los cimientos del Louvre. El momento se volvió único cuando el Gabo se incorporó al recorrido. Después, mientras degustábamos las ostras, Gabo rememoró que precisamente en el Barrio Latino había tenido su primer y único encuentro con Hemingway (a quien consideraba uno de sus dos maestros mayores). Y fue mientras ambos caminaban, pero en sentidos opuestos, cuando el joven y desconocido reportero colombiano vio al titán en la acera opuesta. A Gabo lo embargó la emoción y sólo alcanzó a gritarle; “¡¡Maestro!!”. Hemingway lo devolvió una cálida sonrisa, le dijo “¡adiós amigou!”, y siguió su camino sin imaginar que aquel que le había lanzado tan elogiosa expresión era su par, pero en ciernes (tampoco pudo Hemingway anticipar que ambos dormirían años aparte en la misma cama que el Comité Nobel reserva como costumbre en el mismo cuarto para todos los que reciben el máximo galardón de Literatura).

Ese encuentro fugaz ocurrió en 1956 (el Gabo escribiría en el vigésimo aniversario del fallecimiento de Hemingway y un año antes de recibir el Nobel, que el encuentro fue en una mañana lluviosa de la primavera de 1957). Entonces Hemingway se encontraba en París donde recuperó un baúl que había dejado casi 30 años antes y en el cual estaban las libretas en las que narraba sus años en la Ciudad Luz y que se convertiría precisamente en su libro París era una fiesta, el cual empezó a escribir el año siguiente en Cuba.

Como si todo estuviera dando vueltas, la conversación durante la visita del Gabo en Dublín hizo posible la convergencia de tres inmortales de la literatura universal. Estos recuerdos son permanentes por la calidad humana, la generosidad y el inmenso talento de un ser humano excepcional: por eso si bien Gabriel García Márquez nunca se irá, el Gabo siempre nos hará falta.

Junio 2014.  


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EL ‘BLOOMSDAY’ DE GARCÍA MÁRQUEZ

Una de las novelas más extraordinarias del siglo XX: Ulises, de James Joyce, transcurre en Dublín en un solo día: el 16 de junio de 1904. La fecha recuerda la primera vez que Joyce salió con Nora Barnacle, quien se convertiría en su esposa y en su inspiración literaria.

Desde hace sesenta años, los lectores del autor de Dublineses festejan este suceso con el Bloomsday. A partir de las ocho de la mañana remedan los pasos y las actividades de Leopoldo Bloom —el protagonista— en esa historia extensa, compleja, apasionante.

Gabriel García Márquez participó de la celebración en 1997. Catorce años después, su anfitrión, Carlos Salinas de Gortari, evoca el hecho y, al hacerlo, puntualiza la admiración del escritor colombiano por Joyce y la tradición de la que forma parte, en la que se incluyen, entre tantos otros, los nombres de Jonathan Swift, Oscar Wilde y los premios Nobel W.B. Yeats, Bernard Shaw, Samuel Beckett y Seamus Heaney, todos ellos irlandeses, todos gigantes de la palabra escrita.

Durante ese paseo por Dublín, inadvertido hasta ahora, se rememoró un fugaz encuentro de Hemingway y Joyce en París donde, luego de numerosas dificultades y rechazos de la censura en Inglaterra y Estados Unidos, el 2 de febrero de 1922 se publicó Ulises bajo el sello de la legendaria librería Shakespeare and Company, de Sylvia Beach.

La anécdota, incluida en París era una fiesta, emocionó al autor de Cien años de soledad, como quizá lo hacía siempre que la leía o escuchaba. Y es que en la primavera de 1957, en el barrio de Saint Michel, en París, en la acera contraria por la que él caminaba, García Márquez reconoció a Hemingway acompañado por su esposa Mary Welsh. Estaban cerca de la Sorbona y abundaban los universitarios. El colombiano, que entonces tenía 28 años, quiso atravesar la avenida para saludarlo y hablarle de su admiración, o para pedirle una entrevista pero no lo hizo, se lo impidió su “inglés rudimentario”. Entonces, escribió en “Mi Hemingway personal”, para no estropear el instante, “me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: ‘Maeeeestro’. Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, se volvió con la mano en alto y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: ‘Adiooós, amigo’. Fue la única vez que lo vi”.

Ese 16 de junio en Dublín —dice Salinas de Gortari—, por los prodigios de la memoria, coincidieron Joyce, Hemingway y García Márquez.
(Redacción/México)