Duda razonable

Un momento para el luto, señor Presidente

Escribía ayer Jesús Silva Herzog-Márquez, con mucha razón, que tal vez lo más grave de la circunstancia que vivimos es que pareciera que el gobierno federal no cae en la cuenta de la circunstancia histórica que vivimos. También ayer, Enrique Krauze terminó así su artículo en The New York Times: no es una exageración decir que la viabilidad de la democracia mexicana depende de la resolución de esta circunstancia.

Al mismo tiempo que yo leía esos textos, el vocero presidencial, extrañamente en México mientras el Presidente está en China, daba explicaciones sobre las decisiones de su jefe que de alguna manera confirmaban la preocupación de Silva Herzog y Krauze. Decía el vocero: El Presidente está muy dolido, pero tiene que trabajar y por eso no suspendió su viaje. La casa blanca de Las Lomas no es del Presidente, sino de su esposa.

El vocero respondió con dos tecnicismos dos asuntos políticos. La carísima, lujosa mansión pagada a plazos por quien hace dos años no cobra un sueldo, frente a la escandalosa pobreza. El viaje a China sin haber ido a Iguala.

El viernes, el Presidente asistió a un evento con los empresarios. Después del escalofriante informe del procurador Murillo, el Presidente dedicó unos minutos a un buen discurso sobre la tragedia —tal vez el mejor de estas semanas—. Pero vaya usted a saber por consejo de quién, hizo un punto y seguido y en cadena nacional nos recetó el discurso que seguramente se había escrito hace una semana sobre economía y las reformas y el Pacto… El anticlímax.

Unas horas después interrumpió el viaje importantísimo e
inaplazable para expresar su condena… Al puñado de locos que prendieron fuego momentáneo a la puerta de Palacio Nacional.

Lo que el Presidente no ha hecho es proponernos tomar un momento para el luto. Parece con prisa por olvidar y que olvidemos. Y eso no es así.

Creo que la clave podría estar en lo que ayer explicó Jorge G. Castañeda, nuevo colaborador de lujo en esta casa, esa especie de endogamia del equipo peñista, reacio a las cosas de afuera y por lo tanto obstinado en un plan original.

El Presidente necesita terminar los tropiezos, respirar hondo, hacer una pausa, asumir que las cosas solo se pondrán peor antes de ponerse mejor y hacer lo que mejor ha hecho en el pasado: tomar decisiones, por duras que éstas puedan parecer.


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