Duda razonable

La honestidad de Korenfeld… y los demás

Vale la pena escuchar la entrevista de Joaquín López-Dóriga del jueves pasado a David Korenfeld minutos después de que anunciara su salida de la Conagua.

Creo que el discurso de Korenfeld refleja el pensamiento imperante en el gobierno de Enrique Peña Nieto y en particular de este nuevo grupo político llegado del Estado de México, donde gobernaron a placer, sin oposición o recato.

En pocas palabras, el mensaje de Korenfeld fue: porque soy honesto, me voy. Haber ido pronto a la Secretaría de la Función Pública, haber presentado mi renuncia es muestra de mi integridad. Y aunque nunca le respondió a Joaquín si en otras ocasiones había utilizado el helicóptero para asuntos personales, insistió en que todo era un error de 8 minutos. Korenfeld era una víctima, y no de sí mismo. La pérdida sería para todos nosotros. Es una joya.

Y no es, en esencia, muy diferente a lo que hemos escuchado del Presidente o el secretario de Hacienda en relación a sus casas. O de la señora Rivera y sus excesos. Y hay que ver cómo se desarrolla el asunto de las casas en que ha vivido el secretario Osorio Chong, ligadas a un contratista consentido en sus tiempos en la gubernatura de Hidalgo, pero no creo que varíe, en lo fundamental, el tono de la respuesta.

Cada semana, un dato más, una revelación más. Una sospecha más que pega a la confianza en un gobierno de por sí apaleado en la opinión pública.

El decálogo de noviembre está en el limbo.

Ni un solo secretario de Estado ha hecho lo que su jefe, abrir sus declaraciones patrimoniales.

Vaya, ni la promesa de vender una casa blanca han podido cumplir.

Regreso una vez más al texto de José Antonio Aguilar Rivera en la Tribuna MILENIO de hace tres semanas.

Cito al doctor Aguilar: “Alexis de Tocqueville escribió, a propósito del reinado de Luis XVI, que: ‘el mal inevitable que uno soporta pacientemente aparece intolerable tan pronto como uno concibe la idea de que es posible suprimirlo. Entonces cada abuso que se elimina parecería acentuar aquellos que permanecen  y los hace  más punzantes. El mal ha disminuido, es cierto, pero la sensibilidad es mayor. El feudalismo en todo su poder nunca inspiró tanto odio entre los franceses como en el momento en que estaba a punto de desaparecer. Las arbitrariedades más nimias de Luis XVI eran más difíciles de soportar que todo el despotismo de Luis XIV’”.

 

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