Duda razonable

Lo folclórico y lo jodido: escenas cotidianas

Cualquier extranjero, y hasta algunos mexicanos de ciertas ciudades, que llegue al Distrito Federal pensará que nosotros los chilangos manejamos muy mal. Nos pasamos los altos, no respetamos un paso de peatón ni de casualidad, nos estacionamos donde nos da la gana, no conocemos lo que es un límite de velocidad, damos  vueltas en “U” cuando se nos pega la gana, sentidos contrarios, en fin.

Ayer traté de argumentar, a partir de un intercambio entre el presidente Peña y León Krauze en el programa del FCE, que el desprecio a la ley y la corrupción no son asuntos “culturales” o que  “así somos los mexicanos”, sino que son comportamientos más o menos racionales a partir de la actuación o las omisiones de la autoridad.

El caos vial de la Ciudad de México es un clarísimo ejemplo de lo que trato de decir.

Hace 20 y más años, si uno cometía una infracción había buenas posibilidades de que un policía lo detuviera. Ese policía, mal pagado y poco supervisado, recibía una mordida. De esa mala manera, pero el mal conductor tenía una sanción. Ese mismo conductor tendría que haber pasado un examen para obtener su licencia. En muchas ocasiones ese examen se obviaba bajo el mismo método pero al menos parecía que había un examen.

Desde 1997, los sucesivos gobiernos del PRD se propusieron combatir la percepción de la corrupción que definía a la policía. Terminaron con los exámenes para manejar, dieron licencias “permanentes” (uno de los grandes absurdos de esta ciudad) y, sobre todo, decidieron que los policías ya no pararan a los automovilistas.

El inventario de las multas por faltas al reglamento de tránsito demuestra que las infracciones a vehículos en movimiento son prácticamente inexistentes para el tamaño de ciudad y parque vehicular. Tanto es así que en el sexenio pasado el jefe de la policía anunció que por fin ya habría unos 500 policías —uno para cada 6 mil vehículos— que sí podrían poner multas de tráfico.

En resumen: quienes manejan no tienen que saber el reglamento, reglamento que nadie hace cumplir.

Nuestro caos vial —como nuestra corrupción— entonces, no es cultural, no es que así manejemos por ser mexicanos. No es cosa de folclor. Es resultado lógico de ciertas políticas públicas. Ahí lo jodido.

Por cierto, querido lector, si tienes más ejemplos como estos o comentarios, escribe a dudarazonable@milenio.com.

 

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