Duda razonable

La evaluación como fetiche

El secretario de Educación, Emilio Chuayffet, anda desatado. Desde que regresó de la oscuridad, de la incertidumbre de si seguiría ocupando el escritorio de Vasconcelos, después de aquel nunca explicado desastre de la suspensión de las evaluaciones educativas vía efímero boletín de prensa, no para el secretario.

“Llueve o truene habrá evaluación —dijo Chuayffet—, y quien piense lo contrario ofende al Presidente”. Con este gobierno a veces uno se siente en misa… Pecados de pensamiento… O en 1947. En fin.

Aquello que con tal facilidad desechamos hace un par de semanas, ahora abrazamos como si fuera la receta que de todos los males nos salvará.

Tal vez no sea así.

En nuestra Tribuna de esta semana (http://share.milenio/Ma0qgNa) convocamos a cuatro expertos a que nos explicaran de qué sirve y para qué no sirve la evaluación, y cuál debemos esperar sea su impacto real en la calidad de la educación. Finlandia, uno de los sistemas con mejores resultados en los exámenes PISA y mundialmente admirado, tiene muy pocas evaluaciones. Otros sistemas como los asiáticos, con buenos resultados, están llenos de evaluaciones.

Nadie disputa que el asunto de la evaluación dentro de la reforma, sobre todo la evaluación de docentes, era una herramienta con la que el Estado podría retomar control sobre un sistema en poder del sindicato, en cualquiera de sus versiones, SNTE o CNTE. Hace muchos años que el arreglo político corporativo puso en manos de las cúpulas sindicales el manejo de los recursos humanos de la educación pública.

Las primeras evaluaciones también han servido y servirán para tener un diagnóstico real del estado del sistema y los niveles y capacidades reales de alumnos y maestros.

Ahora que parece que lo de la evaluación se ha enderezado y el gobierno comienza a demostrar alguna voluntad de tratar a la CNTE de otra manera que no sea dándoles carretadas de dinero, sería momento de pensar, ahora sí, en la calidad de la educación. Programas, métodos, ambiente escolar, calidad de las aulas, tiempo de aprendizaje, involucramiento de los padres y la comunidad, currículo, vinculación con la sociedad…

Podríamos evaluar mucho y seguir igual de mal.

Me quedo con una referencia que hace Manuel Gil Antón en su texto de la Tribuna. Es de Zygmunt Birnbaum: “Si no sabemos medir lo que es valioso, acabaremos valorando, nada más, lo que es medible”.

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