Duda razonable

Lo electoral como chantaje del perdedor

Después del año 2000, cuando el ganador de la elección fue, por primera vez, un partido de la oposición que había jugado contra el aparato de gobierno y logró un margen suficiente para que nadie discutiera su triunfo, las dos siguientes elecciones han tenido como consecuencia la sustitución del árbitro y el cambio de reglas electorales.

Después de la elección de 2006 fue por la presión del PRD, y ahora ha sido el PAN, el que ha puesto la reforma electoral como condición para discutir otras iniciativas que importan al gobierno.

Que los perdedores avienten el tablero, cambiando las reglas y desechando al árbitro, es una muestra de la profunda desconfianza institucional que aún existe entre nuestros actores políticos.

En estos días, probablemente esta misma semana, se aprobarán en el Congreso nuevas leyes electorales que intenten cumplir el compromiso 90 del Pacto por México, que prometía: reducción y mayor transparencia del gasto de los partidos, disminución en el monto de los topes de campaña.

Incorporación a las causales de nulidad de una elección el rebase de los topes de campaña, la utilización de recursos al margen de las normas que establezca el órgano electoral y la compra de cobertura informativa en cualquiera de sus modalidades. Hace unos meses ya se cumplió la de “crear una autoridad electoral de carácter nacional y una legislación única, que se encargue tanto de las elecciones federales como de las estatales y municipales”.

El problema, como lo hemos visto desde 2007, es que cuando se legisla por despecho, las cosas suelen no salir bien. Va un ejemplo: el perredismo culpó de su derrota en 2006, entre otras cosas, al dinero privado en medios de comunicación. Lo prohibieron. Desde ese año hemos visto un aumento espectacular en el gasto mediático de gobiernos, políticos y partidos —eso sí, en tiempos no electorales—. Del gobernador Peña Nieto al gobernador Velasco, pasando por el delegado Romo, asambleístas, diputados y senadores y sus “informes de actividades”; pasquines que nacen para una elección y mueren inmediatamente después… en fin. Salió peor el remedio que la enfermedad.

Algo similar sucedió con el gasto y su fiscalización. Baste recordar que gracias a la magia del prorrateo, oficialmente, solo la campaña de AMLO gastó más de lo debido en 2012.

Cuando se legisla como chantaje, las cosas tienden a salir mal.

Veremos con qué ánimo se negocia esta semana.

 

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