Duda razonable

Zabludovsky en la Universidad Veracruzana (un plagio)

Repruebo que algunos revoltosos hayan logrado que la Universidad Veracruzana suspendiera el proceso para conceder el doctorado Honoris Causa a Jacobo Zabludovsky.

Me parece que le han quitado a El Licenciado la oportunidad de hacer lo que, de la mejor manera, le propuso Vicente Leñero en su columna de la Revista de la UNAM en junio de 2014 en ocasión de uno de tantos premios que últimamente le dan al ex titular de 24 horas.

En protesta por tal actitud de los quejosos y la  veracruzana, reproduzco los párrafos finales de aquel texto con un pequeño cambio que, estoy seguro, Leñero aprobaría.

Se abre la portezuela de un auto cuatro puertas negro y de él sale un hombre de 86 años en pleno dominio de la verticalidad. Asombra su entereza, su salud, la invariable sonrisa con la que extiende sus labios hacia quienes lo aguardan en la banqueta.

Es Jacobo Zabludovsky en el momento de llegar al recinto de la Universidad Veracruzana a recibir un doctorado Honoris Causa por su actividad periodística.

Después de los primeros apretones de manos, de escuchar palabras de anticipada felicitación, de recibir quizás un abrazo que le descompone por momentos su traje negro de dos botones, el celebrado cruza un pasillo entre ruido de aplausos.

Llega al foro. Escucha una elogiosa presentación. Se le entrega la medalla. Más elogios, más apretones de manos.

Lo invitan a que ocupe el atril para pronunciar el discurso que lleva escrito en hojas de papel bond.

En el nutrido salón, los legisladores e invitados se remueven en sus asientos, expectantes. Él empieza a leer con la modulación y el timbre de voz que tanto le conocen los presentes. Dice:

“Esta mañana no vengo a otra cosa más que a pedir perdón. Quiero pedir perdón a todos los que ofendí o lastimé o desacredité durante mi larga carrera periodística. Perdón por haberme sometido a las exigencias de la empresa en la que trabajaba, del gobierno al que servía, de los políticos a los que me rendí. Perdón por torcer la realidad. Perdón por no haber contribuido en aquellos desafortunados años a la libertad de expresión que ahora pretendo ejercer con profundo arrepentimiento. A eso he venido esta mañana: a pedir perdón”.

El silencio es absoluto en el recinto. Lo rompen, segundos después, un par de manos que aplauden lentamente y que desatan por fin el aplauso estentóreo, universal, a Jacobo Zabludovsky.


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