Duda razonable

¡Véanos! Somos unos "millonetas"

Además de elecciones confiables y la doble alternancia en la Presidencia, tal vez el otro cambio notable en nuestra manera de hacer política es la creación de una clase gobernante millonaria más allá del partido al que se pertenezca.

Las campañas son buenos momentos para apreciar el fenómeno en toda su extensión. La batalla por los votos hace que abunden las filtraciones contra uno y otro. En ningún caso pueden desmentir. Si acaso, siempre hay enredadas explicaciones: es que yo ya tenía mucha lana, es que
es de mi esposa, de mi cuñado, de mi papá, fue un préstamo personal, uno al 5 por ciento anual, es que realmente es del compadre del amigo de la novia del que no vino a la fiesta.

Ayer le tocó al candidato Gándara y la colección inmobiliaria
familiar en California y Arizona. Pero son tantos, es tanto lo acumulado que empieza a perder impacto individual. Después de todo, tenemos un gobernador dueño de un banco, otro que su papá y su familia es rey inmobiliario en San Antonio, un secretario de Gobernación que no ve problema en rentar una casa en una de las esquinas más caras de la capital y uno de Hacienda que no entiende por qué un crédito al 5 por ciento es sospechoso… Y así.

Es normal. La riqueza de los políticos está normalizada.

Ahora sabemos que el señor Korenfeld, el del error de 8 minutos, lo cometía todos los días. Es decir, usaba el helicóptero de la Conagua para ir a la oficina todos los días. Para ahorrarse la incomodidad del tráfico, los coches son para otros…

No hay funcionario público de nivel que no tenga a la mano un avión privado, ni varias camionetas y personas que se las manejen. A veces es por corrupción, la mayoría es porque así se lo han autoasignado.

En algún momento, en las últimas décadas, se hizo lo mismo ser político que hacer lana. Más lana que la inmensa mayoría de los mexicanos, y más prestaciones y más privilegios. Vacacionan, comen, viven, educan a sus hijos, se divierten y se transportan como los empresarios más prósperos del país.

Y a juzgar por los resultados, el número de pobres, las tasas de crecimiento y crimen, pues como que pagamos por ellos más de lo que valen.

Estos tiempos de elecciones y acusaciones cruzadas certifican el triunfo absoluto de la sentencia de Hank: un político pobre es un pobre político.


dudarazonable@milenio.com 

Twitter: @puigcarlos