Duda razonable

Ilusiones, expectativas, resultados y el inevitable fin de "El Piojo"

Cada nueva generación cree que su fracaso es más meritorio que los de las generaciones pasadas, menos merecido, más injusto, pero yo soy sobreviviente de los de Haití 1973, los mundiales de 1978, 1986, 1994, 1998, 2002, 2006 y 2010. En mi caso, ayer dolió un poquito más pero solo era por lo acumulado.

Nunca demeritaría derrotas como aquella de los penales frente a Bulgaria, el inverosímil gol de Maxi Rodríguez en tiempo extra, o el cabezazo de Bierhoff en aquel trágico minuto 85 frente a un atónito Raúl Rodrigo Lara.

Lo que en los últimos mundiales hemos padecido contra Bulgaria, Alemania, Estados Unidos y dos veces contra Argentina; se repitió contra Holanda.

No hubo quinto partido, promesa no cumplida desde hace ya muchos mundiales.

Esos son los hechos. Por más que se quieran maquillar.

Los mexicanos quedarán en la memoria de este Mundial por el grito de “¡puto!”, la excentricidad en las celebraciones de su director técnico y la gran actuación de su arquero, dos veces el hombre del partido.

Confieso que me equivoqué: pensé que esta selección mexicana no pasaría siquiera a octavos, pero el gran partido de Ochoa, Márquez y Moreno contra Brasil permitieron al equipo enfrentar con ventaja a Croacia, ganarle y calificar segundos.

Otros que sí saben de futbol, no como yo, veían a nuestra selección en semifinales; y los ejercicios de Roy Campos y sus encuestas mostraron que una vez más, por enésima ocasión, como cada cuatro años, la mayoría de los mexicanos nos ilusionamos justo para que nos rompieran el corazón.

El resumen de este proceso de la selección de México incluye cuatro directores técnicos, la calificación en repechaje y el mismo resultado en el Mundial que los últimos 20 años. Llegamos al Mundial con una selección que había sido dirigida por su DT en solo dos partidos. Dos. Contra Nueva Zelanda.

Todo eso con una generación de jugadores campeones del mundo en categorías inferiores y medallistas de oro.

Algo no se hizo bien.

El Piojo cree que la culpa la tiene el árbitro.

Eso lo descalifica para seguir donde está.

Como descalifica a los directivos y a los federativos.

Si aplaudimos y premiamos y celebramos y justificamos y agradecemos este nuevo fracaso, estaremos condenándonos como afición a volver a padecerlo.

 

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