Duda razonable

Fidel, Oswald y la obsesión entre americanos y cubanos

En 1987, Florentino Aspillaga, jefe de la estación de Inteligencia del gobierno cubano en Praga decidió viajar a Austria y entregarse al “enemigo” estadunidense. Aspillaga compartió con la CIA sus décadas de experiencia y conocimiento del aparato de espionaje cubano, incluidas las identidades de decenas de dobles agentes y colaboradores estadunidenses que cobraban del régimen de los Castro.

Brian Latell trabajó para la CIA 35 años, dedicado a América Latina. Interrogó durante horas a Aspillaga. Un dato provocó en Latell años de investigación y un libro: Los secretos de Castro. La CIA y la maquinaria cubana de Inteligencia.

Según Aspillaga, la mañana del 22 de noviembre de 1963, cuando él era un joven operador de los aparatos de escucha de comunicaciones estadunidenses desde la isla, recibió la instrucción de alinear todas las antenas hacia Texas. La orden llegó tres horas antes de que en Dallas una bala terminara la vida de JFK.

Latell no afirma que Castro haya mandado matar a Kennedy, pero está seguro de que sabía qué sucedería. Según él, la clave está en la visita de Oswald al consulado cubano en México en septiembre de ese año, donde tuvo una airada conversación con el cónsul Ascué, de la que nadie más que ellos conocen su contenido.

Con al menos dos fuentes más Latell intenta corroborar su hipótesis: la declaración del funcionario cubano y después cónsul en México, Alfredo Mirabal, de que él había elaborado un informe sobre la presencia de Oswald en el consulado y su discusión con Ascué. Latell cree que ese reporte “seguramente” le llegó a Fidel.

Y luego en el relato de Jack Childs, miembro del Partido Comunista Americano, amigo de Nikita Kruschev y Castro; que en realidad por años fue un espía del FBI. En un reporte de Childs, relata una conversación suya con Castro en 1964, en la que afirmó que Fidel le contó que había sido informado de la visita de Oswald al consulado y que cuando se le negó la visa se enojó y salió gritando que mataría a Kennedy para demostrar su compromiso con la causa comunista.

Según sus biógrafos, Lyndon Johnson siempre estuvo convencido que los cubanos habían tenido algo que ver, aunque fuera por omisión, con el asesinato.

Esa duda, nunca despejada, ha permeado en otras administraciones y tal vez explique en parte la dureza con la que la Casa Blanca ha tratado siempre al régimen de la isla.

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