Duda razonable

Balas de goma contra los habitantes del purgatorio

Tijuana. Dice Jorge Astiazarán, quien en unos días será el nuevo presidente municipal de Tijuana, que uno de los mayores problemas de esta zona metropolitana, que consta de esta ciudad y San Diego, es que ambas están a miles y miles de kilómetros de sus capitales en donde se decide —un poco a ciegas— mucho de lo que aquí pasa.

Buen ejemplo es lo que sucedió ayer. Así contado por Gabriela Martínez en MILENIO BC: "Tres personas con heridas serias por descargas eléctricas y balas de goma, y decenas de intoxicados con gases lacrimógenos que dispararon agentes de la Patrulla Fronteriza, fue el saldo del intento de cruce masivo de migrantes a Estados Unidos". Hace mucho que no se daban estos intentos de cruce masivo a la luz del día —ayer fueron unos doscientos— y no es descabellado pensar que sean resultado de políticas diseñadas en Washington y omisiones ante esas políticas en la Ciudad de México.

Desde principios de la administración de Barack Obama el gobierno estadunidense aceleró en serio el programa de deportación de indocumentados, incluyendo un programa para deportar a aquellos que están en las prisiones —por delitos que van de homicidios a narcomenudeo, pasando por violación— sin importar cuánto tiempo les falta por cumplir su sentencia. En los últimos años, solo en Tijuana, siempre en la noche, son deportados unos mil 500 a la semana. El gobierno estadunidense no informa ni cuándo los deporta, ni a quiénes deporta, ni en qué condiciones los deja en la frontera. En el último año con recursos de OSC y del municipio se han armado campamentos temporales en donde cientos y cientos de deportados viven en condiciones deplorables. El año pasado se asignaron algunos recursos en el presupuesto federal para crear programas de reubicación y prevención de adicciones, pero el dinero aún no se nota.

Del problema han advertido alcaldes de ambos lados de la frontera a sus gobiernos federales, pero no han sido escuchados. La nueva cara de la migración, no solo en Tijuana sino en otras ciudades fronterizas, son los deportados. Muchos ya sin raíces mexicanas, sin posibilidad de regresar a sus casas en Estados Unidos, condenados a vivir en el purgatorio.

Invisibles. Hasta que un día, como ayer, se deciden a invadir al país vecino y son recibidos con balas de goma y gases lacrimógenos.

La tragedia está a la vuelta de la esquina.

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