Los caminos no vistos

El terror, niña, no es la muerte, es la vida

(Tercera y última parte)

¿Y por qué este poema sí es un poema lírico verdadero?, ¿por qué es poesía y no literatura?

Estamos ante un poema lírico que por tener la intención de ser una epístola está escrito como poema en prosa, pero al atender a su construcción interna observamos sin mucho esfuerzo que las frases está cargadas de ritmo, que su prosodia mantiene la cadencia de un verso común, aunque más libre que el medido.

Hay una unidad indisoluble entre lo que dice y cómo lo dice, una coherencia de su decir, de su lógica interna, aunque la lógica que nos manifiesta es contraria al pensar común.

Este poema intenta ser una comunicación, una carta, pero en realidad no nos comunica nada en el sentido pragmático. Su asunto es el sentimiento de dolor por la pérdida de un ser tan querido como lo es una hija. Nos invita a sentir lo que siente una madre que vive rodeada de niños que indefectiblemente le remueven los recuerdos, pero la poetisa no va por el melodrama, va por el sentido de la vida, por el significado profundo, por la universalidad del dolor representado individualmente en esta epístola, ese duelo que no siempre es visto, que desenfoca y que distorsiona la visión y el sentido de lo que es la luz y la oscuridad, la necesidad de hacer algo, aunque hacerlo lleve al actor a entrar en un proceso contrario.

Estéticamente, el poema cubre las instancias de la poética: logra la unidad atemporal de lo individual con lo universal, del dolor personal con el de todo humano.

Además, nos hace sentir una estructura abigarrada sostenida por sus contradicciones internas que son la base de la unidad y que le dan un significado más allá de las simples palabras. El poema es un signo del dolor y cada lector le da el significado particular en razón de sus propias vivencias.

El poema es el signo de un significado que está latente, no visible a primera vista, aunque no oculto, que hay que descubrir, y en ese descubrimiento el lector se descubre a sí mismo; encuentra lo que también le duele, o le dolería: la pérdida de un hijo, y que probablemente sentiría que la oscuridad es luz, que la vida es peligrosa y que la muerte es un eterno descanso.

No hay discurso literario. No hay palabrería. Todo está condensado. Todo es vital, enérgico. Las figuras literarias que encontramos están allí de manera natural.

Por eso me atrevo a afirmar que la poetisa maneja su expresión con la maestría de una oficiante.