Los caminos no vistos

La prosa gana, la poesía pierde

Hasta los años 80, los libros se leían buscando información, luego los editores cambiaron el giro y propusieron que los libros se leyeran por gusto.

También modificaron los contenidos, y toda publicidad relativa a la lectura se dirigió a los libros de ficción. ¿De qué otra manera se podía promocionar el Boom literario latinoamericano en Europa y Estados Unidos?

El efecto de rebote nos trajo este tipo de lectura en el que el receptor no aprende, sólo acepta el contenido del libro, pues ¿qué se puede aprender de “La guerra del fin del mundo”, “Ficciones”, o “Rayuela”?

La creatividad, la imaginación, la libertad de expresión, entre otras ideas, se promovieron y se promueven para darles carta ciudadana y ser criterio de valor para estas obras.

Con esta nueva visión de los libros surgió la necesidad de escritores de este género y como consecuencia los talleres de escritura, las escuelas de creación. Se dejó de lado la investigación, que se convirtió en una parcela bastante especializada del conocimiento.

La ideología dominante requería de personas sin criterio ni pasión, que dieran rienda suelta a su fantasía, y todos los ideólogos encaminaron sus propuestas a mantener esta actitud.

Como los hongos en la humedad, abundaron los escritores de ficción, privilegiando la narrativa relacionada con la idea de la reconstrucción de la vida propia (como en el siglo XIX).

Por otro lado, se manejó la idea de la enfermedad mental primero y luego la del alma, con el propósito de que no hubiera brotes de descontento, sobre todo en los países emergentes.

También se ensambló la escritura creativa que tomó el lugar de los nombres específicos de poesía, cuento, novela, drama con la moral y a partir de allí toda la literatura de estos años puede considerarse literatura enmarcada por la moral, es decir, una expresión maniquea de la experiencia compartida por este tipo de libros.

Hoy hay juicios por plagio, pero no por inmoralidad, como ocurrió con Joyce y otros autores de principios del siglo XX.

La literatura, pues, se volvió vivencia: lo que se cuenta, lo que se muestra, es la experiencia de un representante del autor, el cual a su vez resulta un modelo de individuo en la geografía, el tiempo y el espacio en el que se desarrolla la historia contada.

La poesía no sólo perdió su preponderancia, también su intención intrínseca, para volverse un objeto totalmente anodino: el poema.

Hoy, para mantener esa idea de la creatividad, que se ensambla con la libertad de expresión, se dice que toda escritura es experiencia, no ficción.

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