Los caminos no vistos

La poesía es un canto animal

Hijo, ¡cómo estás viejo!”, bromea  mi madre en el teléfono y de inmediato me pregunto si Vallejo no estaba entre esos libros de su librero que me hizo leer de manera continua; ¿pues de dónde habría sacado esa frase sino de Vallejo?

Y viene, pues, ese primer poema de Poemas Humanos, “El buen sentido”, en el que todo, antes que nadie, que Neruda o que Unamuno incluso, está al revés, igual que en un espejo; mucho antes que Breton que se chupaba los mocos todavía, y Vallejo era ya todo un padre, aunque nunca tuvo hijos, porque él engendraba su poesía con esa libertad tan animal como sugiere.

Hay en toda poesía un sustento animal, una esencia instintiva, una rabia, que es una proyección y a veces un deseo, una gana de veras, como dice:

En el momento en que el tenista lanza magistralmente

su bala, le posee una inocencia totalmente animal…

¿Y por qué propondría Vallejo esa inocencia totalmente animal como un elemento de ese lanzamiento magistral, por qué el hombre tiene que perder esa cualidad de humano para hacer algo de valía?

Si hacemos un escrutinio de la vida de Vallejo encontramos que escribió sus libros en estados de verdadera situación vital: la mujer que pierde de pronto y lo pone en una situación extrema, de donde obviamente escribe Heraldos negros; herida por la que impreca al mismo Dios:

Hay golpes en la vida tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios;…

Y Trilce, en la cárcel, por una acusación malintencionada.

Oh las cuatro paredes de la celda,

Ah las cuatro paredes albicantes

Que sin remedio dan al mismo número…

Y no encuentro nada más certísimo que el de Poemas Humanos

Existe un mutilado, no de un combate sino de un abrazo, no de la guerra sino de la paz. Perdió el rostro en el amor y no en el odio…

Sin esa gravedad que la sostiene, el poema es un texto arrancado a destiempo, semejante a una fruta cortada antes de su sazón: insípida.

Vallejo estaba allí en ese librero viejo junto a Zweig, Diderot, Balzac, Rousseau y Marx, llegados por la Senda del Calcetín, de la que un día le platiqué a Ramón Rubín y él me habló de su aventura en la búsqueda de la Senda de la Calavera, allá en Chiapas.

La poesía es un canto animal, el rugido de un gato al aparearse, o el del último aliento concentrado.

Era en ese sentido que Breton afirmaba que “La belleza será convulsiva o no será”.