Los caminos no vistos

La pasión inútil

Releo  a J.-B. Pontalis (1924-2013) luego de una plática sobre la indispensable voluntad de cambio y la pasión inútil por la vida, si somos “seres-para-la-muerte”.

Nadie cambia si no lo decide, era la tesis, y vimos que el cambio siempre ocurre en lo irracional y se refleja en los sueños y el arte, pero nos hace conscientes de que la finalidad de la vida es la muerte.

Pontalis era un psicoanalista que descubrió pronto que el Principio de Realidad,  aunque invisible, en todo momento dirige la vida humana, y que ésta no es otra cosa que una serie de pulsiones que se presentan continuamente, semejantes a los latidos del corazón.

Lo que olvidamos es que esa fuente de gran energía tiene un tiempo de vida, y después se apaga para siempre.

En los años 70, leyendo a Sartre, Kierkegaard y Heidegger, en el marco de un entrenamiento de psicología profunda, entendí lo que era esa indispensable voluntad de cambio y también supe que el tiempo de vida útil de mi corazón, de mi existencia, era –es–, finito, temporal.

Uno considera que tiene un nivel de inmortalidad en razón de esa ilusión que nos hace creer que somos dos entidades independientes en una sola, aunque al morir una de ellas, indefectiblemente termina la otra.

Pontalis dice que Sartre, que hablaba de ese concepto heideggeriano de “ser-para-la-muerte”, era infatigable, de una energía increíble. Esta alusión me trajo el recuerdo del momento en el que tomé conciencia de la finitud de mi vida.

Era adolescente y me había hecho la pinta para ir al río. Entre las bromas con mis amigos caí a la corriente de fuerte caudal que me arrastró hasta una poza profunda en la que por la fuerza me hundí  hasta el fondo. Vi la luz rielando sobre la superficie y supe que no llegaría hasta arriba. Una angustia profunda y una desesperación se apoderaron de mí. Sabía que moriría en ese momento sin poder emitir ni un solo grito de auxilio.

Una fuerza extraña a mí en ese momento me dio el impulso suficiente para llegar a la superficie. Cuando tomé una bocanada de aire reconocí la fragilidad de mi vida y allí conocí la angustia de la existencia.

Uno tiene sus deudas en la formación intelectual, su propio panteón.

Pontalis era un hombre triste porque pronto se dio cuenta de la finitud de su vida. Gracias a eso, como Sartre, mantendría esa “pasión inútil” por la vida, necesaria como el amor, la poesía, la luz del sol, las plantas y los animales..