Los caminos no vistos

La pasion de Judith

Una carga de dos mil años de cristianismo, ubicada en esa piececita de la columna que se llama Atlas, es algo serio, y moverse para modificar ese centro es una labor que pocas mujeres hacen. Hay una mujer que se dedica a la escritura y que logra esos impactos que en la Edad Media definían como poesía. Ella escribe desde sus entrañas –no confesiones pasionales–, donde se generan esas palabras que revelan una realidad distinta de la que conocemos. Esa mujer tiene algunos poemas como esa epístola dirigida a una niña en la que la exhorta a ver su vida de manera distinta; es Bossuet hablándole de la posibilidad de su muerte en cualquier momento. En esa dialéctica enhebra las emociones que se desenvuelven como una madeja, en el alma de una costurera, figura mitológica de las Erinnias, tejedoras de la vida. Niña Meztli: Perdonarás que no sepa hablar de ternuras. Si lo hice esta tarde, al escribirte en una tarjeta, sentada, temblorosa en la banqueta de un kiosko de pueblo, no fue por mí. (…) Yo solo guardo la oscuridad de la ausencia en mis entrañas. Y como lector te sorprendes mordiendo la soledad como si fuera una manzana. Y tiene algunos textos que zahieren, en donde ha tejido una telaraña muy fina para que no sintamos el momento en el que nos ha inoculado veneno ponzoñoso. Escribe con una enjundia que atraviesa el alma; vivencia el dolor y las ansias de infinito con la misma soltura con la que transforma unos retazos de tela en cualquier prenda de alta costura, porque para ella: Ser costurera es coser poemas a sangre de pinchazo  gota tras venosidad varicosa.Estos poemas son un acto de resistencia que expresan el dolor de lo que se hace, porque la vida no es solamente el trabajo, también es la enfermedad, la esperanza que se queda en el acto de dolerse, pues se entiende que el trabajo afecta al cuerpo, a los sentimientos, y allí está la mujer que toma conciencia de sí, de su feminidad y la convierte en escritura

Escritura

para la costura.

La sutura

que llegue

que no sangre más

si llaga que sea letra

si sangra que sea tela.

Para representar el dolor y que se transforme en letras, que se cosan como si fueran semejanzas entre el acto de escribir y el acto de coser, en donde se confunden las agujas con los dedos, los hilos con los nervios; la vida que se va haciendo un tejido, una historia, un tiempo falto de plenitud. Emularse en el tejido. Urdirse la historia. Ofrendar el tendón expuesto, los ojos a los dioses hijos, las rodillas que después de treinta años de maquila no sostienen por completo el cuerpo.

El poema de esta costurera denuncia las desgarraduras propias de las mujeres que trabajan, al mismo tiempo madres, viviendo la desgracia impuesta por una sociedad que ejerce una dominación apabullante. El cuerpo que habito se gestó y nació entre telas. Los hilos deformes de madre han sostenido como urdimbre de hamaca, pendiendo entre textiles y ruidismo de motores (…) Coser es cerrar el cuerpo de alguien para que no sienta el desamor, para que el mundo no empiece a derrumbarse, para que este sistema de explotación, no se desmorone.

La poeta-costurera denuncia lo que pasará cuando ellas decidan cambiar su actitud pasiva, por una de resistencia. Al borde del desborde la cesárea: cuerpo de madre, producto de un amor que para algunos desamor, hija del error, de la indefinición y al mismo tiempo farsante de mí misma, destejiendo la tela de mis temores, la araña existencia. La muerte.

La pasión de Judith no es otra cosa que develar lo que está oculto por lo que la sociedad impone, y que se toma como algo connatural a las mujeres que trabajan, que se desgarran el alma, y la dejan entre las telas, sin darse cuenta de que eso debería ser la razón y el fin de su existencia.