Los caminos no vistos

La intención de la obra

Una obra de arte es un objeto completo, cerrado en sí mismo, en el que sus partes mantienen unidad mediante la cohesión lógica y psicológica entre ellos.

Una brizna externa en el hacer de un autor es como un punto de carbón en un diamante, un arista mal cortada.

Su calidad deriva de la intención que el autor pone en ella, una intención intrínseca e inmanente a la obra misma.

Por eso cuando un artista elabora una obra de arte sin tener en cuenta esa intención, la obra no pasa por el proceso de transformación que la convierte en arte.

Muchos autores de obras plásticas argumentan que “el artista tiene que comer” como valiosa razón para la hechura de obras de calidad mercantil, de allí también que esa transformación no lograda en el proceso de elaboración se complemente con el discurso teórico justificativo de ese fracaso que rompe con la integridad de la obra.

La intención intrínseca de la obra es la que la define; sin ella nada es valioso; por su ausencia es que encontramos cientos, miles de obras anodinas, obras hieráticas, sin alma.

Este tipo de obra, que se sostiene en la técnica, es el modelo de “obra de arte” visual o literario que se enarbola desde hace treinta años y que se seguirá privilegiando mientras no se encuentre un nuevo modelo de obra de arte.

¿Pero no es contradictorio decir que una obra de arte, compuesta para la contemplación, debe tener una intención en sí misma? ¿No resulta estúpido señalar que la obra que debería tender hacia lo infinito se queda en lo finito?

Si dentro de la obra hay una doble atadura en la que unas partes la inervan hacia un lado y otras precisamente hacia el contrario, ¿de qué se trata esta intencionalidad en sí misma?

Ciertamente, una obra se hace con una intención que queda plasmada en ella y que, en todo caso, es el crítico el que la va a develar, pero esa intención no es distinta de la obra, no es la del autor que tiene que comer, es una intención que está allí como parte de ella misma, como un elemento igual que el ritmo, la línea poética o la estrofa; el color, el volumen o la perspectiva.

La ironía, la burla, el dolor, el gozo, la venganza, la agresión, el resentimiento, son parte interna de la obra; sin alguno de estos elementos no sería más que un cosa anodina, fofa, un platillo sin sazón; quizás algo bien hecho dentro de la técnica, pero muerto espiritualmente.