Los caminos no vistos

El fuego y el hielo

Fui  al Musa a ver El Fuego y el Hielo, de Ana Luisa Rébora, e hice un recorrido levógiro de los tres salones en los que está la exposición.

Cuarenta y tres cuadros en blanco y negro, difuminados unos, otros intensos, y explosiones de azul cobalto y amarillo ocre en otros.

En el cosmos de Ana Luisa no hay líneas rectas; éstas, como las columnas del Partenón, mantienen una curvatura discreta  que se va engrosando por el centro.

Hay figuras fantasmales delimitadas por sus contornos y porosas internamente o cargadas intensamente por el negro, el color del luto entre nosotros.

En esa dualidad del blanco-y-negro veo el movimiento plasmado que se concentra expandiéndose, detenido por un momento para que podamos apreciarlo, seguros de que continuará su camino, y me recuerda los movimientos centrípetos y centrífugos del cosmos mismo.

Hay algo de Zen en esas figuras apenas esbozadas, en esos encuentros pasajeros en un camino hacia quién sabe a dónde, siempre caminando.

Son los senderos de la soledad y de la inocencia los que Ana Luisa va creando con esas pinceladas, con esos estallidos de colores contenidos.

Todo es dinamismo que se congela. Furia contenida. Amor que se ha resuelto en certera venganza que hiere al mundo por su negación a dejarse penetrar, a dejarse conocer, a procrear nuevos seres, y al que hay que obligar, ahora, a que retome ese camino.

El mundo ha detenido su marcha; por eso la pintora le da una nueva florescencia, para que dé nuevos frutos en los que se mezclen esos fantasmas de la racionalidad con nuevas forma de ser, efímeras para que puedan modificarse, y permanecer en ese continuo movimiento del ser.

Son cuadros que constituyen un registro de algo que existe hoy para un ojo futuro, como los grabados sufís, conservados para quien luego pueda descifrar esos misterios.

Ana Luisa Rébora va creando símbolos para los tiempos por venir, que modifican la percepción de la vida y del arte que en esos rasgos van tomando forma y se van perfilando poco a poco en el tiempo y el espacio.

Entre el Fuego y el Hielo hay un cosmos de pasión concentrada como las aguas de un río que corre con furia bajo una superficie congelada.

Ana Luisa esboza un mundo que dará a luz nuevas sensibilidades como Deméter abre las espigas del trigo para iniciar la primavera.

Su pintura me recuerda un verso de César Vallejo:

Mi madre me ajusta el cuello del abrigo no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.