Los caminos no vistos

El estilo y la voz

En los años setenta, cuando la lingüística aún no tenía cabida en las aulas de Filosofía y Letras, la Estilística era reputada como la ciencia de la literatura.

Spitzer, Bally, Amado y Dámaso Alonso eran las autoridades en este método de investigación y crítica literaria.

De acuerdo a este pensamiento dominante, el poeta, buscando su estilo, escribía cientos de poemas y se pasaba toda su vida en esa búsqueda. Escribir 250 sonetos redondos, medidos y rimados, perfectos, era la prueba de fuego para ser reconocido como poeta, como lo consignaba uno de los profesores y que el sonetista mayor de mi generación ha ido cumpliendo sin darse cuenta de que tal forma ya es sólo un cuenco vacío.

La madurez del poeta sale a la luz cuando encuentra su estilo, decía el mismo profesor. La siguiente consigna, cruel per se, era que al hallar su estilo el poeta moría, pues el estilo era la coronación y consumación de esa búsqueda.

La experimentación literaria era el mejor camino para llegar al estilo. Después, con el estilo en la mano, toda la escritura era igual que llenar solamente una forma.

Baudelaire llegó tarde y Rimbaud muy temprano, pero ambos fueron sabios al abandonar la poesía al darse cuenta de que habían logrado su meta. No así Verlaine ni Valéry, que, obsesivos, insistieron en su estilo, que se diluyo de tanto uso.

–El trabajo es lo que importa –decía Nandino –porque del trabajo brota la obra–, pero él no se retiró a tiempo y, lograda su meta, la consolidación de su estilo, continuó escribiendo. También Villaurrutia, Pellicer y Paz, entre otros.

Ya en los 80, cuando la lingüística, como un puñetazo en la mesa, levantó el polvo y espantó las moscas, se hablaba de la voz, la búsqueda de la voz, y, en consecuencia, dividieron los poemas en los de corto y los de largo aliento, y aunque no se daban cuenta muchos tenían mal aliento a pesar de usar enjuagues bucales o chupar pastillas de menta a cualquier hora del día.

Los cierto es que muchos jóvenes encontraron, o creyeron encontrar, pronto su voz, y esa voz, como el estilo, se congeló y fue como la voz de esas grabaciones que se escuchan cuando uno marca el 030: clara, amable, con cierta impostura, pero vacía.

Hallaron su voz, fueron felices, y desde que la encontraron hablan en el mismo tono, sin las modulaciones pertinentes, pues hallada la voz todo es repetición, imitación de sí mismo y anquilosamiento, sea escrito en verso libre, prosa poética o en sonetos.