Los caminos no vistos

Un centro cultural es una matriz social

Un Centro Cultural es un espacio físico que funciona como una matriz social en la que conviven como gemelos múltiples un grupo de personas dedicadas a un mismo oficio o actividad. No es un simple lugar de reunión como cualquier no-lugar; es un lugar con significado, para los propios y para los ajenos.

Los primeros viven y conviven, desarrollan sus ideas, conciben sus obras literarias, sus pinturas, sus esculturas, su música. Algunos tienen sus propios medios para difundir esto, a través de las redes sociales o del internet.

Con el tiempo, un Centro Cultural reconocido por todos, necesita que los hijos de esa matriz tengan un alumbramiento en un mayor nivel de influencia y esto quiere decir pasar a un modo de vida diferente.

Nadie puede vivir sin desarrollo y quien no se desarrolla muere; sobre todo cuando las relaciones, que son endogámicas, tienden a estancar y limitar la visión del mundo de los miembros del Centro Cultural.

No hay que olvidar que cuando un Centro Cultural es emblemático sus miembros caen en las prácticas cerradas que se convierten en rutinas grupalmente aceptadas pero que pueden llevar a un estancamiento que podría hacer perder la visión de futuro tan necesaria para crecer socialmente.

No hay en Guadalajara cazadores de talentos que promuevan las voces y las distingan ampliando su radio de acción. No hay, pues, visión de futuro, y el Centro Cultural debe hacer autogestión para mantenerse y desarrollar sus objetivos.

Tampoco se acepta que esos centros culturales creados como una confrontación a las prácticas burguesas del mercado libre poco a poco se van aburguesando, por el poder social que logran y por la economía que generan. En su interior se repiten las relaciones sociales semejantes a las de cualquier empresa, y es común que la ceguera emocional impida ver, aceptar y resolver esas contradicciones internas.

Es muy difícil que los que viven en esa matriz puedan tomar distancia y ver lo que sucede en el interior, del mismo modo que resulta imposible escuchar al ajeno al grupo lo que dice que está viendo. Se cumple en este último caso el Síndrome de Casandra

Así como los talleres literarios son una cosa del pasado, que persisten para mantener una forma de relación medieval que se niega a morir en pleno siglo XXI, los centros culturales, creados con la visión del socialismo marxista implícita o explícita, quedarán como un grato recuerdo romántico si no logran transformarse en otro tipo de asociación que sus propios integrantes  deberán concebir ahora que la fuente de esa matriz ha reventado.