Los caminos no vistos

Los caminos no Vistos

Para mí, José Emilio Pacheco era un nostálgico, aunque él abjurara de la nostalgia.

Leo, por ejemplo, su Prehistoria y me doy cuenta de que nos propone que veamos al hombre como algo diferente a lo que siempre hemos visto. El hombre como inventor de todas las cosas y de sí mismo:

En las paredes de esta cueva

pinto el venado

para adueñarme de su carne,

para ser él,

para que su fuerza y su ligereza sean mías

y me vuelva el primero

entre los cazadores de la tribu.

Esta nueva proposición, que intenta que veamos al hombre de manera diferente, concluye:

Y como representas la mitad que no tengo

y te envidio el poder de construir la vida en tu cuerpo,

diré: nació de mí, fue un desprendimiento:

debe quedar atada por un cordón umbilical invisible.

Eva o Lilith: no lamentes mi triunfo.

Al vencerte me he derrotado.

Desde luego que esto no es una reinvención de los hechos, es poner en el lugar de algo perdido algo que nos es más cercano, porque lo hemos construido aunque supla lo verdadero.

Nadie podría negar que Pacheco sea uno de los fundadores de la nueva poesía mexicana. Esa poesía que se levanta sobre un pasado ido, sólo evocado por la poesía, pero que no se recuperará.

¿Por qué José Emilio Pacheco tendría interés en esas cosas idas, que ya no recuperaremos, si la fugacidad de ellas siempre ha sido una característica que las define?

Pacheco es un poeta citadino. Para él, la naturaleza ya no existe. Su realidad son edificios viejos o nuevos, pero, sobre todo, es memoria, pues el que no tiene memoria no tiene existencia, aunque esa memoria sea dolorosa y aunque esos recuerdos nos hagan ver que “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

Hay un dolor, una queja y una rabia apenas disimulada, en esos poemas que nos hablan de que las cosas han desaparecido de su lugar, ese lugar que fue nuestro, que ya no nos pertenece; que seguramente le pertenece a otro, porque ya no es de nosotros; ese lugar que continúa allí y en él se asientan los mismos fenómenos naturales de los que participamos allá y entonces, pero que ya no veremos nunca más:

Al lugar que fue nuestro llega el invierno

y cruzan por el aire las bandadas que emigran.

Después renacerá la primavera,

revivirán las flores que sembraste.

Pero en cambio nosotros

ya nunca más veremos

la casa entre la niebla.

Esa falta, esa ausencia, que es “mudo alarido de este desplome que no acaba nunca”, este ser que es el no-ser de las cosas, está presente en sus poemas, aunque el método de elaboración de sus textos sea la deconstrucción:

Sitio de aquellos cuentos infantiles,

eres la tierra entera.

A todas partes

vamos a no volver.

Estamos por vez última

en dondequiera.

José Emilio Pacheco ha sido también de mi interés, por su entereza y su decisión de oponerse a Octavio Paz cuando éste decidió no incluir a Elías Nandino en “Poesía en movimiento”, la más célebre de las antologías nunca jamás antes hecha, y se sostuvo, aunque después tuvo que retirarse de tan ingrata compañía y recluirse en sus clases y buscar otros medios de publicación.

Entiendo por lo que leo –y doy sólo una muestra– que, a partir de esa separación, Pacheco cambia su sentir y se transforma en un poeta maduro, pero, para mí, se volvió un poeta viejo, pues su visión del mundo, más que la de un niño, es la de un anciano que ha perdido todo aquello que era parte intrínseca de su existencia.

Y definitivamente, a Pacheco sí le interesa ese mundo que se ha ido, que de pronto ya no está, ni para él ni para nadie. Y ahora la ciudad de México es un fantasma, un recuerdo y una nostalgia.