Los caminos no vistos

El artista enjaulado

Después de Vietnam, toda la ideología oriental se vino a Occidente; primero el hinduismo permeado por el cristianismo y luego del budismo, mahayana y hinayana, hasta llegar al zen.

1970 fue el año definitivo. El momento en el que empiezan a surgir los frutos impulsados por los gobiernos que buscan la paz y la armonía social, transpolándola al individuo.

El hinduismo con su hatha yoga y su meditación, desde Krishnamurti hasta Muktananda, pasando por el famosísimo Maharishi, tomaron carta ciudadana y se apoderaron del pensamiento principal de la gran mayoría en Occidente.

A su vez, el budismo se proyectaría a través de los deportes marciales, también conocidos como meditación en movimiento.

Poco a poco, más y más jóvenes se fueron integrando a estas prácticas para lograr la paz, una paz que se opone a todo tipo de guerra, aunque haya brotes de guerra en todos lados; se ha visto que la meditación no da soluciones, no ha dado soluciones, pero ha creado expectativas bastante prometedoras, a través del enfoque en el individuo.

Paralela a esta práctica de la meditación para lograr la paz estaba el consumo de mariguana; muchos, siguiendo las ideas de Carlos Castañeda, buscaban la paz a través de la ingestión del peyote y de fumar mariguana.

El hinduismo, el budismo y el chamanismo fueron en ese tiempo métodos de conocimiento personal.

El individuo al centro de la epistemología provocó el auge de la psicología, pues se quería conocer al hombre como generador de sí mismo y del mundo exterior, y de la neo-evangelización para combatir las ideas orientales.

Finalmente el catolicismo se dedicó a la rehabilitación de jóvenes drogadictos a través de la palabra de Cristo, en donde ha permanecido controlando a quienes acudieron en su auxilio por considerar que estaban enfermos.

El Constructivismo psicológico y social fueron las ideas dominantes en esos años en los que se creía que el mundo era creado por el individuo y cada quien creaba su verdad como afianzamiento de su individualidad y su personalidad.

De allí a todos los derechos que el Estado otorga no había más que un decreto.

En ese tiempo leí un estudio antropológico de Ruth Benedict, El Crisantemo y la Espada, editado por Alianza, en el que ella revela las razones por las cuales el gobierno de Estados Unidos le paga por la investigación. Se trataba de conocer al enemigo más temido en ese momento, los japoneses, que habían sido los guerreros más asombrosos contra los que se hubieran enfrentado durante la II Guerra cuando invadieron el  archipiélago.

Ese enemigo del que hablaba Ruth Benedict se transformó en el agente de cambio de la mentalidad occidental, pues a través de la difusión de su pensamiento, de sus ideas, crearon una nueva visión del mundo de los jóvenes de ese tiempo.

Esa búsqueda de la paz, de la armonía y de la unidad del individuo con el cosmos tiene sus consecuencias en la conducta de todos y afecta de manera decisiva en el trabajo del artista, para quien ahora su ars poetica es pragmática y busca convencer a todos de la necesidad de esa armonía, de esa paz, que nadie tiene, por cierto, y que se ha convertido en un ideal, en una utopía.

Para justificar esta posición, el artista se ha dejado llevar por la idea de que la sociedad está enferma, y siguiendo la falacia de atingencia considera que si toda la sociedad está enferma cada uno de sus miembros también lo está.

El artista ha adaptado esas ideas, ahora reflejadas en casi todas las expresiones del arte: pintura, escultura, teatro, cine, video, literatura (poesía, cuento, novela), pero sobre todo en el drama, que es el reproductor con mayor fidelidad de esas ideas moralistas de los que dirigen la sociedad.

El arte ha perdido su dimensión de libertad y ha ingresado en el de la libertad de expresión, en el que los condicionamientos son bastante sutiles como para darse cuenta de que está condicionado.

Las condiciones sociales han metido a los artistas en un nicho en el que están enjaulados y, como en la Matrix, consideran que esa realidad es la realidad.