Los caminos no vistos

El Terror, niña, no es la muerte, es la vida

(Primera de tres partes)

Durante los últimos tres años he buscado una poesía lirica verdadera, que no se roce siquiera con los cánones académicos que mantienen en sus discursos literarios los “Evangelistas del verso”.

Mis amigos y conocidos me han dicho que eso que busco ya no existe, que fue poesía clásica, pero que ahora eso es pura fantasía, ilusión; que hoy hay otros cánones.

He mantenido mi búsqueda, y hoy me encuentro con este poema, esta epístola dirigida a una niña, que es solamente un motivo para hablar del verdadero dolor que una madre sufre con la pérdida de una hija y de lo que significan los niños para quien ha sufrido esa pérdida.

Este yo poético femenino dice qué significa la vida de una niña después de haber perdido a su hija.

Este poema es una epístola laica, pagana y contradictoria a todo el sistema ideológico-religioso sostenido durante más de dos mil años por el cristianismo en cualquiera de sus terminales.

La poetisa abre su epístola mencionando directamente a aquella a la que se dirige, una niña de nueve años, a quien relaciona con la propia, de la que mantiene un duelo permanente.

Un mensaje directo, dirigido:   

Niña Meztli:

Podemos observar de primera intención una misiva en la que hallaremos de inmediato una mentalidad tradicional, que no se relaciona con la localidad en la que fue escrita, pero que engloba dos modos de pensar, como puede verse:

Perdonarás que  no sepa hablar de ternuras.

Seguida por una justificación, por una fuerza ajena que la mueve. Una fuerza que la madre creó, para hablar a una hija, que no es la propia, pero que la simboliza. La vida viene de la madre, pero se independiza, tal como lo menciona:

Si lo hice esta tarde, al escribirte en una tarjeta, sentada, temblorosa en la banqueta de un kiosko de pueblo, no fue por mí. Fue por ella. La que me acompaña, la mujer  que usa de pasaporte y frontera  su sonrisa, la que vuela con ella. Ella es ella, no yo, niña.

Y ella conserva su condición de madre y su condición doliente, establecida después de la muerte de su hija, también de nueve años. La edad es la bisagra que une de un lado la vida y de otro la muerte; por ello explica su posición existencial en el mundo, ante ella como madre y ante la niña a la que se dirige, la cual representa a todos los niños del mundo, incluso a su hija muerta:

Yo solo guardo la oscuridad de la ausencia en mis entrañas.